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La pipa de la paz

Hermano Pablo | Reverendo

Sentados en semicírculo, debajo de una carpa blanca, de frente al sol naciente, y en medio de un bosquecillo de altos pinos, los caciques de tres tribus utes y dos comanches fumaron la pipa de la paz. Eso ocurría en el estado de Colorado, Estados Unidos.

Los caciques firmaron así un tratado de paz que había comenzado a considerarse cien años atrás, cuando las tribus guerreras de los comanches y los utes habían decidido hacer la paz entre ellos.

En aquel entonces un disparo de rifle, hecho por un indio desconocido, había dado al traste con todas las negociaciones, y se había desatado otra vez la guerra.

Después de un siglo, y tras haber pasado por cambios impresionantes en la situación mundial, y cuando ha dado un extraordinario vuelco la historia de los indígenas de América, los caciques culminan el tratado y fuman juntos la pipa tradicional, la pipa de la paz.

Aunque no fumo, creo que fumaría una pipa de la paz si con eso pudiera sellar la paz entre los hombres. Fumaría una pipa de la paz entre esposo y esposa, peleados y distanciados por no ser comprensivos y tolerantes. Solamente la amistad y el amor recíproco hacen la felicidad de cualquier pareja. Parejas felices crean hogares felices y éstos, a su vez, sociedades felices.

Fumaría una pipa de la paz entre padres e hijos. Fumaría una pipa de la paz entre hermanos y hermanas. Fumaría una pipa de la paz entre jefes y empleados, fumaría una pipa de la paz entre religiones, entre naciones y entre reinos. Fumaría una pipa de la paz entre todos los grupos humanos que están peleados, enemistados y distanciados por cualquier causa que sea.

Pero no hace falta que yo ni nadie fume una pipa de la paz para tener paz en el mundo. No es la pipa la que hace la paz.

Sí puede haber paz en el mundo, pero solamente cuando Jesucristo reina en nuestra vida. Cristo es quien hace la paz de cada ser humano, en primer lugar con Dios y después con los demás seres humanos. Sólo cuando el hombre alcanza la paz con Dios puede comenzar a establecer la paz con el prójimo.

Entreguemos nuestra voluntad, nuestro corazón, toda nuestra vida a Cristo. Ese es el punto de partida de toda reconciliación y de toda paz. Invitemos a Cristo a que sea el Rey de nuestra vida. Él desea que seamos libres de luchas y conflictos, y que tengamos paz.




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