Todo parece indicar que cada día aumenta en Panamá, la práctica de las artes marciales. Cuando se da apegado a las tradiciones milenarias de China, Japón o Korea, les da a los jóvenes una positiva disciplina corporal y mental.
El hombre es una criatura agresiva, pero esto, no es simplemente una respuesta defensiva, sino, un instinto cuyos efectos pueden ser controlados y encauzados, asegura Anthony Storr en su libro Agresividad Humana.
La enseñanza del arte marcial, no se limita a desarrollar las habilidades físicas, como golpear efectivamente al agresor, ya sea con las manos, las piernas o con un bastón de madera.
Las técnicas de concentración, de disciplina y de velocidad, aplicadas en áreas específicas, pueden ser fatales. Sin embargo, cuando estas destrezas se enseñan en una escuela formalmente establecida, van acompañadas obligatoriamente, por las enseñanzas de los valores del ser humano y de los principios filosóficos que inspiraron a los grandes maestros o Senseis.
El problema es que funcionan en el país, varias academias no formales ni registradas, ni controladas por la Policía Nacional y el Instituto Nacional de Deportes, que enseñan sólo cómo golpear. No hay que esperar primero que los estudiantes y los revoltosos en las calles, se enfrenten a los agentes del orden, con técnicas marciales, para después ver cómo se controla la situación.