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MENSAJE
Amarrado de ambas manos

Hermano Pablo
Estoy amarrado. Estoy atrapado. Estas frases eran las favoritas de Lennart Roos, joven de veintitrés años de edad, de Malmo, Suecia. Se las decía a los familiares y a los amigos, y se las repetía él mismo con insistencia obsesionante. Un día Lennart subió a su Volvo, último modelo, y se fue a un bosque. Conectó un tubo de goma desde el escape del auto a la cabina del coche, y encendió el motor. En seguida se untó las manos con un pegamento muy potente, al que llaman cemento líquido, y puso sus manos pegajosas sobre el volante con fuerte agarre. Así murió, asfixiado por el gas carbónico, con las manos asidas al volante. Este joven venía de familia de buena posicion económica, y de una sociedad super refinada, industrializada y tecnológica. Había cursado sus estudios primarios, secundarios y universitarios. Todo lo tenía a su favor. Sin embargo, no había encontrado aún el sentido de la vida. Alguna frustración oculta, o quizá algún vicio secreto o algún vacío incomprensible lo mantenía encadenado. No pudiendo soportar más la tortura de tantos amarres, que son los mismos amarres de otros millones de jóvenes, Lennart cedió ante la fuerte llamada del suicidio y, pegándose al volante para no poder escapar, terminó así sus días. Varios detalles aquí captan la atención. Una, el joven venía de una sociedad y de una familia muy bien establecidas. No había razón para querer quitarse la vida. Pero parece que cuando la perturbación se asoma, no hay trasfondo, cultura, sociedad o familia que la anule. Otro aspecto interesante es que el joven se sentía atrapado. Era prisionero de algo, aunque no estaba en la cárcel. Muchos pegamentos de la vida roban la libertad. La conciencia culpable es uno de ellos. Los vicios dominantes, el alcoholismo, la drogadicción y el juego son otros. El perdón que no se ha querido conceder ante una ofensa recibida es también un amarre de manos y de corazón. También es notorio que para cumplir su propósito, el joven tuvo que asegurar su muerte atándose él mismo con una ligadura permanente. Como que él sabía que si no aseguraba su intento, no lo llevaría a cabo, pues no quería morir. La muerte forzosa no es nunca algo natural. Por más que la veamos como una salida a nuestros dolores, no es natural. Nuestra alma no lo desea. Quien nos libra de todas las ataduras, todas las esclavitudes y todas las prisiones es Cristo, porque es Él quien da libertad al alma. Él corta cualquier cadena con su amor y su poder. Confiémosle nuestro dolor a Cristo. Él no nos defraudará.
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