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Consumidos en su propia salsa…

Por: Aquilino Ortega Luna | Periodista

Los periodistas pareciéramos formar parte a veces del único ejército que mata a sus heridos. Contrario a los abogados y médicos que se agrupan y se cierran como un sólo "puño", los discípulos o herederos de "Gil Blas Tejeira", vivimos una constante lucha por desbancar y bajar de la cúspide a nuestros "maestros de las letras".

Nos alegramos de las derrotas que sufren nuestros homólogos, destruimos y detractamos a aquellos profesionales de la pluma que un momento determinado de la vida, sufren la herida de una profesión a todas luces injusta.

Cuando un periodista alcanza logros son pocos los que extienden una mano para reconocer y felicitar, aún dentro del mismo medio.

El éxito despierta "oleajes de envidia" que amenazan con inundar y derrumbar la paz que genera la satisfacción de un logro alcanzado y es que ser periodista no es fácil, no es algo que simplemente se aprende en un aula.

Una noticia nunca es tan buena aún cuando tenga casi todos los elementos. La perfección no existe en el periodismo, siempre habrá defectos en el estilo y nuevos ángulos que abordar.

Cuando un periodista es distinguido, ocupando la jefatura de prensa de una institución pública o privada, antes que extenderle una mano para que realice su trabajo a la perfección, nos constituimos en críticos y jueces de esa administración.

La crítica es bienvenida, siempre y cuando edifique, estimule y no destruya sueños.

Somos duros en nuestras críticas a los errores de nuestros colegas, aún cuando la persona criticada sea superior a nosotros en todos los sentidos.

La envidia alcanza extremos insospechados en el periodismo. Envidiamos la forma de vestir; cada detalle, (colores, estilos y fragancias), la forma de hablar, (el talento incisivo y preciso) cada palabra; al escribir, (la técnica depurada y elegante) y en última instancia el "don de gente" y la "gracia", que Dios tuvo a bien depositar en unos cuantos mortales privilegiados.

No hay periodista satisfecho con los pergaminos obtenidos y mucho menos con los emolumentos que llegan a reposar temporalmente en una cuenta que con dificultad supera las tres cifras cada mes. Y volvemos a lo de siempre, a periodistas con muchos galardones y con grandes deudas que cubrir.

Como van las cosas al cabo de un tiempo, nos olvidaremos del aceite de la iniciativa, de la sazón de la primicia y de la euforia de la investigación periodística y sobre todo de las grandes noticias, para "consumirnos en esa nuestra propia salsa" que llamamos "envidia".



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