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Jueves 11 de noviembre de 1999


MENSAJE
Tragedia gestada en el silencio

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Hermano Pablo

Eusebio Ramón Berges empuñó firmemente el machete. Probó su ominoso filo sobre la yema del dedo. Y sin pronunciar una palabra y moviéndose dentro del más completo silencio, fue hasta donde estaban su madre Angelita, de cincuenta años, y su hermano Teófilo, estudiante de veinticinco, y los mató a machetazos.

Un sobrinito que estaba en el piso de arriba de esa casa de La Romana, República Dominicana, comenzó a pedir auxilio a gritos. Pero Eusebio no lo oyó. No podía oírlo. Eusebio era sordomudo de nacimiento y nunca había oído nada ni había dicho nada en toda su vida. ¿Por qué cometió este crimen? «Aparentemente -adujo la policía -influyó en él la violencia que veía constantemente en la televisión.»

¡Qué singular la vida de este joven dominicano! Vivió veintidós años dentro del silencio. Por esas determinaciones incontrolables de las leyes biológicas, nació sin las facultades del oído y el habla. Vivió dentro de un silencio continuo que le dificultaba enormemente la comunicación con los demás.

Sin embargo, en el alma de Eusebio bullía la hostilidad. Y esa hostilidad era acuciada, alimentada y estimulada cada día por la violencia de las imágenes de la televisión. En determinado momento, el joven silencioso desencadenó la tragedia.

Así como el joven Eusebio, hay muchas otras personas en este mundo que están llenas de hostilidad. Pero casi todas éstas disfrutan de las facultades del oído y el habla. Pueden comunicarse, si quieren, con sus parientes, sus amigos, sus vecinos, y sin embargo se encierran dentro de sí mismas por un mutismo obstinado.

No hablan, no se comunican. No expresan sus sentimientos y no pronuncian palabras que expresen sus dolores, sus tristezas, sus angustias y sus congojas. Y por no expresar sus sentimientos, se van llenando por dentro de hostilidad.

Esto suele pasar entre los matrimonios. Hablan poco entre sí, o no hablan nada. Cada uno va guardando resentimientos, quejas, reproches. No se dicen las cosas, no tratan de aclarar los desentendidos. Y por no hablar ni comunicarse, gestan lentamente un estallido de violencia.

¡Debemos hablar ya mismo con Cristo, y por medio de Cristo, el Señor de la Palabra, abrir nuestra alma a la comunicación y al compañerismo!

 

 

 

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