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Viernes 10 de noviembre de 2000



La película delatora

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Hermano Pablo
EE.UU.

Jorge Schwartz, joven turista alemán, estaba de visita en Italia. Como era aficionado a la fotografía y al cine, quería filmar toda su estancia en el bello país del Mediterráneo. Estando en la ciudad de Chioggia, pintoresco rincón italiano, filmó varios rollos de la plaza del mercado, pidiéndoles a algunos amigos que le tomaran fotos a él mismo.

En esa misma ciudad, también, tuvo el disgusto de comprobar que le habían robado la cartera con todo su dinero y sus documentos. Al regresar a su país, reveló todos los rollos de películas que había llevado. Para su sorpresa, uno de los rollos de fotos tomadas en Chioggia mostraba el momento preciso en que el ladrón le introducía dos finos y largos dedos en el bolsillo y le sustraía la cartera. Entonces Schwartz mandó el rollo de película a la policía italiana, quien de inmediato se puso a la caza del ladrón.

A éste lo arrestaron, y cuando le mostraron la película del crimen, no tuvo más remedio que declararse culpable. La prueba era irrebatible. Su delito había sido filmado, ¡y en colores!

Nuestra vida y todas nuestras palabras están continuamente siendo filmadas y grabadas, y algún día nos las mostrarán para nuestra vergüenza y confusión perpetua. Lo que importa no es tanto el sistema que Dios usa para registrar nuestras palabras y acciones, y aun nuestros pensamientos, como lo es el hecho de que así procede. La Biblia afirma que de toda palabra vana daremos cuenta en el día del juicio, y que todos tendremos que dar cuenta de lo que hicimos en vida.

El Juicio Final revelará, tal como la película de Jorge Schwartz, todos nuestros malos hechos. ¡Qué vergüenza y confusión será vernos cara a cara con aquellos que hemos herido, ofendido y maltratado! ¡Qué escarnio oír de nuevo las malas palabras -palabras de mentira y de calumniaá- que pronunciaron nuestros labios!

Será una experiencia terrible ver de nuevo, como en película, toda nuestra vida, especialmente aquellos actos que son violación flagrante de la Ley de Dios.

Sin embargo, no tenemos que pasar por tal vergüenza. Cristo es nuestro Salvador.

Él derramó su sangre para limpiar y purificar nuestra vida. Si lo aceptamos de corazón hoy, nunca tendremos que enfrentarnos al espanto de nuestra vida. Invitemos a Cristo a que sea nuestro Salvador.

 

 

 

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