OPINION


La felicidad no se hizo para mí

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Por Hermano Pablo
Reverendo

La mujer se acercó a la ventana y miró hacia abajo. Allá abajo estaba la calle con sus árboles, sus veredas, sus parques y sus negocios. También vio a las personas que parecían disfrutar de la vida.

El otoño de París ponía sus colores encendidos en todas las cosas. Su matiz se dejaba ver en los árboles, en las vidrieras de las tiendas, en los vestidos de las mujeres y hasta en las mejillas de los niños.

Pero la mujer no se identificaba con la aparente alegría que observaba en la calle. Mientras contemplaba aquella escena, se dijo: "No tengo suerte. La felicidad no se hizo para mí."

Una última ola de amargura embargó su ser, y su corazón de cincuenta y tres años dejó de latir. Era el 16 de septiembre de 1977, y la mujer que moría de tristeza era María Callas, la cantante más grande del siglo.

Tristes y amargas fueron las palabras de María Callas. Tristes, más que todo, porque esa mujer tuvo fama, adquirió fortuna y tenía muchos admiradores. Más aun, llegó a la más alta cumbre dentro de su disciplina. La vida artística le dio de todo. Es decir, de todo menos felicidad. Sus propias palabras revelan su decepción: "La felicidad no se hizo para mí." Esa reflexión triste nos hace preguntar: ¿Para quién se hizo la felicidad? Y esa pregunta despierta otra: ¿Qué es y en qué consiste la felicidad?

Poetas y filósofos, moralistas y teólogos, sabios y santos, todos han intentado definir la felicidad. Sus definiciones y conceptos son diversos, y se presentan con distintos rasgos de ingenio. Pero todos coinciden en dos cosas: En primer lugar, la felicidad es relativa. En segundo lugar, la felicidad es efímera.

Es que felicidad total, felicidad absoluta, no la hay para nadie en este mundo. Mientras reine el pecado, que es el fruto de la conducta perversa de los seres humanos, será imposible la felicidad completa y permanente. Felicidad perfecta, imperecedera y absoluta la habrá sólo en el reino de Cristo. Sólo en su gloria eterna podrá haber felicidad perfecta.

Pero Dios no nos ha abandonado. Mientras llega el momento de la redención de los seres humanos, podemos hallar felicidad haciendo de Cristo el Maestro de nuestra vida. Andando con Él en el camino de la vida hallaremos la mayor fuente de felicidad que pueda haber en esta vida. Sometámonos al señorío de Cristo. Él nos dará felicidad en esta vida, y nos dará también la vida eterna.

 

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