|
CUARTILLAS
Difuntos
 
Milciades A. Ortiz Jr.
Colaborador
Pienso que una persona realmente muere cuando es olvidada por quienes siguen con vida, en este llamado "valle de lágrimas", del que casi nadie se quiere ir antes de tiempo. Cuando llega el Día de los Difuntos, no puedo dejar de pensar en la cantidad de parientes por parte de la rama materna, en su mayoría, que ya no existen. Debo confesar que durante todo el año a veces acuden a mi pensamiento, personas que ya fallecieron. Diversas circunstancias me las recuerdan. Y no tienen que ser familiares para "seguir viviendo en mi mente". Allí también anidan los colegas, conocidos, amigos y hasta enemigos, y últimamente, antiguos alumnos que fallecieron. Tengo una costumbre curiosa: cuando una persona fallece y está en mi directorio telefónico personal, le pongo una cruz y la fecha de su partida hacia el más allá. No borro sus nombres, como sería lógico hacer. Así cuando reviso las amarillentas páginas de esa libreta, me encuentro con amigos y conocidos muertos. Entonces evoco sus memorias por unos instantes, y vuelven a cobrar vida. Porque como dije al principio, la gente sólo muere cuando es olvidada... Claro que el Día de los Difuntos es una fecha poco alegre. Por más que uno quiera aceptar que "disfrutó" de su presencia tantos años, siempre quedará un sentimiento de dolor, de nostalgia por el ser querido que se fue para nunca más volver. Pienso que a muchos les ocurrirá igual que a mí. Con el tiempo, el recuerdo de los fallecidos sufre un proceso de "saneamiento" mental. Voy olvidando cualquier acción o acto negativo que hayan podido tener conmigo u otras personas. Y resalto las condiciones y hechos que adornaron la figura del hoy difunto. Y muchas veces comprendo que he debido conversar más con ellos; escucharlos a menudo, compartir parte de esa vida que vivieron. Ese sentimiento de que "faltó algo" en nuestra relación, confieso que deja un sabor amargo en mi conciencia de ser humano. Tengo esa sensación con dos antiguas alumnas mías. Una de ellas, la Licda. Carol Vallarino de Montenegro, una bella persona tanto en lo físico como en los sentimientos y humano. Dejó la universidad hace varios años y nunca la volví a ver para intercambiar ideas. Hoy su memoria sigue viviendo, entre otras cosas, gracias a la creación de las llamadas "Casitas Mausi", para ayudar a personas sin recursos económicos que sufren de cáncer. Esta labor es producto de su madre Doña Bárbara de Vallarino, y pienso que es un adecuado homenaje a ese ser humano tan hermoso que fue Carol. Hace pocos días vi la esquela mortuoria de Maritzel Regís. Me apresuré a poner una "x" al lado de su nombre, en mi directorio telefónico periodístico. Recuerdo la alegría de vivir que irradiaba Maritzel, hace más de quince años atrás sus charlas sobre las vivencias de sus viajes en Cerro Azul, especialmente con su padre. Supe que la vida fue dura con Maritzel, como también sucedió con Carol. Bueno, sobre eso no me pronuncio porque está fuera de mi alcance mental. Sin embargo, ambas fueron damas llenas de vida y amor, muy sensibles. Sus fallecimientos me causaron dolor por haber sido su profesor. Respecto a mi familia, cuando niño el día de difuntos era obligación ir al Cementerio Amador, a visitar la tumba del abuelo Tomaso Vaccaro, a quien nunca conocí. Allí nos veíamos los primos y tíos. A veces esa era la única oportunidad en todo un año para conversar en familia. Hoy muchos parientes partieron y la tumba del abuelo no está en el citado cementerio. Acabó la tradición de todos los años y eso deja un vacío en mi alma sensible. Así que solamente queda vivir con los recuerdos, para mantener "con vida" a quienes dejaron este mundo antes que nosotros.
|