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No hay que ser un héroe delante de los muchachos. Ni convertirse en un guía espiritual de nadie. Simplemente se exige a los adultos ofrecer una palabra orientadora en el momento justo, de manera que los niños panameños no se queden sin la luz oportuna cuando exactamente lo necesitan. Si se sorprende a algunos niños dándose puño en media calle, no estaría de más detener la pelea, en lugar de alentarla.
Hay que aprovechar la más mínima oportunidad para dar un consejo, para enseñar un arte, para iluminar el camino en algún tipo de deporte. Quedarse callados y dejar hacer a los muchachos, nos convierte en cómplices del más atroz asesinato: el de la sociedad.
Ver en los chiquillos una molestia, un ser cualquiera, es miopía absoluta. Ellos son la esperanza, quienes nos reemplazarán en el espacio que ocupamos en la vida, y hay que hacer lo posible para que lo hagan mejor que como nosotros pudimos hacerlo. |