El Instituto Nacional, más que una escuela, se convirtió en otrora en el hogar de una comunidad educativa que participaba activamente para hacer de este plantel el nido de águilas que aportaría ciudadanos de valía al desarrollo del país. Que honor y orgullo sentíamos, en nuestra época de estudiantes, que nos identificaran como institutores. Y qué rico saber que nuestros padres se involucraban con el quehacer del plantel.
Con gran celo cuidábamos las huellas de antaño que le dieron cobijo a panameños que con su actuar le hicieron honor a la escuela. Recuerdo que llegué a este centro educativo, pues a juicio de mi padre era el colegio más cercano a casa.Esta decisión nos la hacía saber basado en este fundamento que acompañaba con la siguiente advertencia: "Voy a estar visitando frecuentemente la escuela, que día, no sé, pero ay de que yo los vea participando de una manifestación en las calles, que allí mismo les doy". Era una advertencia que mis hermanos y yo acatamos.
Recuerdo que en una ocasión me encontraba en el laboratorio de Biología y no escuchamos sonar la campana que anunciaba reunión en el patio. Cuando culminamos nuestra clase, bien interesante por cierto, nos enteramos de que dirigentes estudiantiles se estaban enfrentando a los antimotines, y no podíamos salir del plantel, pues la escuela estaba rodeada. En ese momento recordé la advertencia de mi papá. Una sola llamada de atención era suficiente. Hoy todo es diferente.
Con los disturbios y actos vandálicos recientes, protagonizados por un grupo de estudiantes que pedían el reingreso del entonces rector encargado Abel Zeballos, dista mucho de nombrarlos "institutores", y aunque los padres de familia se han comprometido a cubrir con el pago de los daños ocasionados, no es suficiente. Se requiere que se integren a la comunidad educativa del plantel, pues su presencia es necesaria e importante en la educación de sus hijos. El docente y las autoridades educativas no pueden hacer todo, se requiere del apoyo en casa.