No hay nada tan cierto como ese viejo refrán. El entorno panameño está saturado de imagen. Las oficinas, los vecindarios, las calles... en fin, todo Panamá.
Hay quienes creen que un buen traje es el boleto infranqueable para tener respeto y reverencia de los demás. Eso por dar algún detalle, no podemos negarlo.
Cierto es que la presentación es necesaria para cualquier intercambio social, pero hay personas a quienes se les va la vida en ello. Y esas personas por estar pendiente de que los cabellos estén todos en hilera como en una formación militar y el vestido sin el asomo de una arruga, descuidan el verdadero vestido de la personalidad: la nutrición intelectual.
Veámoslo de esta manera. Digamos que usted recibe un regalo envuelto con un hermoso papel satinado, adornado con un lazo hecho con una cinta de la mejor calidad, y con una tarjeta estampada y escrita con pluma fuente. Con esa presentación, uno se imagina que va a recibir un reloj rolex o por lo menos unos buenos zapatos florsheim. Pero cuando desenreda el lazo, remueve el papel y abre la caja, se da cuenta de que no hay nada dentro. Eso que siente usted cuando cae en cuenta de que está vacío, es lo mismo que sienten las personas que llegan a conocer a fondo a esos que viven de las apariencias.
Ellos no visten su mente de perspectivas exitosas, de actualidad ni de creatividad que es donde realmente radica el éxito de todo ser humano: el ser único, original y desmaterializado.
El mundo cambiante exige cada día entes capaces, creativos y fuertes, pero esa fuerza no se refiere a su contextura física, sino a la fuerza del pensamiento. Se requiere gente con pensamientos edificantes y tan sólidos que no los pueda remover un huracán intelectual.
El Panamá de hoy necesita un pueblo con una vestimenta de éxito pero ese traje debe ser confeccionado con las sedosas pero fuertes telas de la sabiduría. Y esa sabiduría hace que el vestido luzca impecable. Pero ¡Ojo! Ser sabio no es tener tampoco un cetro y dar órdenes, sino tener la metodología para aplicar ese mar de conocimientos en su justa medida.
Que no se centre la atención en un traje bien planchado y de colores vivos con la marca sobresaliente de un diseñador famoso, sino en el actuar, el hablar, el caminar, los modales, la gentileza...esas son las marcas que hacen que un traje luzca de lujo.
Y si no, solo por curiosidad, deténgase a observar a ese compañero o compañera que hoy luce una atuendo de fiesta y una fragancia que se siente desde la entrada a la empresa. Mírela, observe su caminar y escúchela hablar. Evalúe el contenido de sus palabras. Si está acorde con su traje, ¡felicidades! Y si no, pues, ahí lo de "El hábito no hace al monje".