Rememorando mi niñez junto a mis hermanos allá en mi pueblo adorado, Capira, la época de mi infancia yendo y viniendo y los años en que siendo yo ya una mujer hecha y derecha, echo a andar los recuerdos cuando mi abuela Magdalena, oriunda de Guararé nos enviaba en las chivas gallineras, (La Nueva Lelia), pan, miel de caña, y sobre todo, envueltos en capullos los huevos frescos, unos para el consumo, la venta, y otros para empollar, pues el único embalaje para los huevos eran los capullos del maíz seco, se conservaban ante la inclemencia del tiempo y la movilización.
Viajar en una chiva gallinera representaba un tiempo larguísimo, pues se compartía el trayecto con gallinas, puercos, sacos de arroz, maíz y la gente de la campiña que venían a la ciudad a vender sus productos o bien a visitar a sus familiares.
Era una niña, pero con una infancia feliz, en mi casa nunca escaceó la comida, entre los alimentos más nutritivos invariablemente estaba el huevo.
Mi madre, Reina, siempre fue una mujer trabajadora y emprendedora, en el patio de mi casa nunca faltaron las siembras de hortaliza, cría de cerdos, gallinas, patos, y por supuesto se cocinaba con leña en un fogón de piedras, se pilaba el arroz, el maíz, se cosechaba el frijol de palo, se recogían los huevos que ponía la gallina, de vez en cuando íbamos al río con mi padrino Israel, a echar las nasas y coger camarones y cangrejos para hacer sopa. Todo esto resultaba muy divertido para mí y mis hermanos, éramos niños y cualquier cosa era motivo de fiesta para nosotros.
En el campo conocí la pobreza muy de cerca, desprovista de lo material, viví en un rancho de penca de palma, piso de tierra, no teníamos luz, nos alumbrábamos con una lámpara de kerosene, Ena, así le digo a mi madre, buscaba el agua donde mi madrina Zoila, la transportaba sobre su cabeza en recipientes que eran las latas vacías de aceites, las que se usaban para cocinar y asearnos, las comodidades eran ínfimas.
Pero muy a pesar de estas circunstancias tan precarias y duras, aprendimos a luchar contra la adversidad que te fija la pobreza, a ser hombres y mujeres de bien y tener un porvenir más esperanzador que el de mis abuelos. Mi familia era humilde, pero trabajadora; cultivaban la tierra, se las ingeniaban y criaban aves de corral que luego vendían, y en cuanto a los huevos, siempre fue para mí muy jocosa la forma de su transporte, enfundados en esos capullos, nunca se malogró ninguno, a mi abuela se los encargaban mis parientes que residen en Capira, los que se pagaban a 5 centavos que en aquellos tiempos representaba mucho dinero, las cosas eran mucho más baratas, y qué decir de la sabiduría de mi madre y mi abuela, que al quedarse clueca una gallina, marcaban los huevos para llevar el conteo con la traslación lunar y confiar que todas las crías serían hembras.
Hoy han pasado los años y ahora soy una profesional, se han dado vertiginosos cambios, tenemos las comodidades mínimas, ya no se trasladan los huevos en capullos desde tan lejos, pero el huevo sigue siendo uno de los principales productos que se consumen tanto en el campo como en la ciudad y, aunque ya no se consiguen a cinco centavos, el valor actual es minúsculo comparado con la cantidad de proteínas que contienen y que los conseguimos en los puntos de ventas más cercanos.. Cuando medito en esto, vuelvo a recordar mi infancia llena de alegría sin preocupación ni sobresaltos, cuando apreciaba el comerme un simple arroz con huevo; hoy día las investigaciones han demostrado su gran sustancia nutritiva.
Ojalá encontremos un equilibrio que le permita a nuestro pueblo disfrutar estos beneficios que solo nos proporciona las proteínas que contiene el huevo y siempre esté disponible para todas las clases sociales.