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Religión mal orientada

Hermano Pablo
La policía del retén de Caquiaviri, cerca de La Paz, Bolivia, se sentía impotente. Impotente y asustada. Más de cien campesinos, enojados, furiosos, pedían que se les entregaran los cuatro detenidos. Las cuerdas en las manos de los campesinos no presagiaban nada bueno; al contrario, significaban linchamiento. Los detenidos eran Paulino Fernández Colque, sus dos hijos Francisco y Blas, y un vecino, Víctor Tola. Los cuatro estaban acusados de robar objetos de oro y de plata de la iglesia del pueblo. Allí mismo ejecutaron a los cuatro sin apelación y sin juicio. He aquí un brote típico de ira pueblerina, que se toma la justicia por su mano. Los campesinos de Caquiaviri estaban furiosos por el robo cometido contra las imágenes de la iglesia. No soportaban eso que consideraban un sacrilegio. Sabiendo que los sospechosos estaban en la cárcel, los sacaron a la fuerza, los castigaron y los mataron. Este es un caso de religión mal entendida. Claro está que el robo -sea de cualquier objeto religioso o profano, y contra cualquier persona o institución- es malo. Es pecado que condena la ley de Dios. Pero, ¿qué de la violencia? ¿Qué de la furia? ¿Qué de la ira loca de cien personas implacables que se lanzan contra cuatro semejantes a imponerles drásticamente la pena de muerte? Esto también es pecado que condenan el espíritu del Evangelio y la ley de Jesucristo. Muchas veces el excesivo celo religioso nos enceguece. No es que estemos dispuestos a golpear y matar como aquellos campesinos, sino que el celo religioso ciega nuestro entendimiento y nuestro raciocinio, y nos impide ver la verdad. ¿Qué de aquella turba inmensa que se agolpó debajo del estrado de Pilato a gritar: «¡Crucifícalo! ¡Crucifícalo!»? Indudablemente la motivaba el mejor celo patriótico y religioso. Pretendía hacer una gran obra de justicia y lograr un gran beneficio para su país y su religión. Sin embargo, aquellos contemporáneos de Jesucristo estaban cometiendo el mayor crimen colectivo que ha registrado la historia. Estaban condenando al Justo y matando al Autor de la vida. Lo que cada uno de nosotros necesita es a ese mismo Cristo viviendo en nuestro corazón y no un celo religioso mal orientado.
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