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Veintiséis horas hacia la libertad

Hermano Pablo
Fueron veintiséis horas en la oscuridad. Veintiséis horas de ansiedad, suspenso y plegarias. Cada vez que el camión se detenía, aquellas veinte personas -hombres, mujeres y niños- retenían el aliento. Cuando el camión seguía, bajaban lágrimas y se elevaban oraciones, ambas silenciosas. Veinte personas, todas ellas emparentadas, escaparon de Rumania en un camión de transporte. Llegaron a Vienna tras veintiséis horas de un viaje que pareció durar un siglo. Cuando por fin el conductor les abrió la puerta sellada, y un rayo de sol penetró en la oscura caja que era el camión, las veinte personas salieron. Entumecidas, débiles, agotadas, con el olor de muchas horas de encierro, pero libres. Triunfal, segura y perpetuamente libres. Pisaban tierra en la democracia. Toda epopeya del ser humano en busca de libertad es digna de mención, de encomio y de elogio. ¡Y cuántas de estas epopeyas no se han escrito ya en la larga historia de la humanidad! La búsqueda de libertad más clásica de la historia es la salida del pueblo israelita de Egipto. Aquella noche del 13 al 14 del mes de nisán, mes de abril, noche fatídica para los egipcios pero de pascua para los israelitas, todo un pueblo salió en las sombras de la noche para iniciar el camino de la libertad, de la dignidad, de la prosperidad y de la nacionalidad. Y esa noche de redención, esa noche del éxodo, esa noche en que hubo tinieblas espesas para los egipcios pero rayos de luz para los hebreos, esa noche en que todo el pueblo, como un sólo hombre, dio un paso gigante hacia la libertad, es simbólica. Es simbólica y representativa de la verdadera libertad espiritual, la que sólo da Cristo. Porque Cristo libera al hombre de la más dura de las tiranías: la tiranía del pecado y del error. Y Cristo concede la más grande de las libertades: la libertad espiritual. Veinte personas viajaron hacinadas en un camión para salir de Rumania y llegar a Austria. A Dios gracias que nosotros, en menos de un minuto, podemos pasar de la zona de tinieblas y servidumbre, que es el reino del pecado, a la zona luminosa -libre, digna y noble- de la salvación en Cristo. Basta con que creamos que es así, y que pidamos, con fe, esa libertad y esa salvación.
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