OPINION


¡Todos los hombres son unos malditos!

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Por Hermano Pablo
Reverendo

Eran cuatro frascos de parathión que contenían la muerte. Se los tomó todos una noche en su casa de Trujillo, Perú, Nidia Nélida Gamboa, de apenas diecisiete años. Aun a esa temprana edad la habían decepcionado los engaños de la vida.

Después de ingerir el contenido de los cuatro frascos, Nélida cayó en un sopor profundo, y pasó, casi sin sentirlo, a la eternidad.

A la mañana siguiente su madre la llamó para el desayuno, pero fue inútil. De Nidia Nélida Gamboa, la jovencita de diecisiete primaveras con siete meses de embarazo, ya no quedaba otra cosa que sus restos mortales. Una nota encima de su mesa de noche expresaba su tragedia. La nota decía: "¡Todos los hombres son unos malditos!"

Simple noticia policiaca -dirán muchos-. Casos como este ocurren a diario en todas partes del mundo." Sin embargo, a pesar de lo común y corriente de esa noticia, para Nidia no era una noticia más; era un drama doloroso.

Había quedado indignamente burlada y abandonada por el hombre que la sedujo, y su confianza había quedado tan destrozada que para ella no había hombre, en todo el mundo, que fuera bueno. La frase que aplicó a todos los hombres (porque para ella todos eran iguales) es su última acusación y su último reproche: "¡Todos los hombres son unos malditos!"

Viéndolo bien, tenemos que decir que en parte Nidia tenía razón. Algunos hombres se portan como malditos. Es cuando engañan, cuando mienten, cuando roban, cuando matan; cuando envidian, cuando codician, cuando odian; cuando abandonan a la mujer que han seducido.

Gracias a Dios hay también hombres que se portan como benditos. Es cuando aman y cuidan a su familia; cuando se sacrifican por el bien del prójimo; cuando muestran absoluta integridad en todos sus negocios; cuando trabajan unidos por la paz; cuando luchan por la amistad y la fraternidad humanas.

Los hombres son malditos cuando destruyen y benditos cuando construyen. Malditos cuando se dejan arrastrar por sus malas pasiones, benditos cuando deponen su orgullo y se dejan guiar del bien.

Todo depende del maestro que elijan; si el ego, o si Dios. Rindamos nuestra vida al Señor Jesucristo. Él nos hará hombres y mujeres benditos, de modo que seamos de bendición a los demás.

 

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