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MENSAJE
Envenenados por equivocación

Hermano Pablo
Crítica en Línea
La anciana Candelaria Apaza Mamani vivía con su familia en el pueblo peruano de Huancane, cerca de la frontera con Bolivia. Un día, en su amor de madre y abuela, decidió preparar una cena especial para todos ellos. Puso en la olla la carne, los choclos, los camotes, las yucas y las papas. Estiró la mano para tomar el tarro de la sal. Pero la anciana tenía setenta años, y no veía bien. En lugar del tarro de sal, tomó otro que contenía insecticida. Vertió una buena cantidad de la sustancia en la olla, y siguió revolviendo lo que ella deseaba que fuera la comida más sabrosa de su vida. Cuando todos se sentaron a la mesa y comieron el primer plato, se sintieron enfermos. En pocos momentos estaban agonizando la anciana Candelaria, su hijo Víctor de treinta y nueve años, y sus nietos Roger, René y Sergio de catorce, seis y tres años respectivamente. Murieron en pocas horas, y otros tres miembros de la desgraciada familia quedaron sumamente afectados. Todo se debió a un simple error. La anciana Candelaria amaba a su familia. Era además experta cocinera. Todos los días preparaba la comida de los hijos y los nietos con verdadero cariño y consagración. Pero cometió un error, un pequeño error, una equivocación de escasos centímetros, cuando en lugar del tarro de la sal tomó el del veneno. Hay personas que cometen esa misma equivocación al practicar su religión con todo cariño, con toda dedicación, con toda sinceridad y con el genuino deseo de hacer el bien, agradar a Dios y ser útiles a sus semejantes. Pero extienden la mano equivocadamente y, en lugar de tomar el vaso que dice: «Sangre de Jesucristo», toman el que dice: «Buenas obras del hombre». Y por ese simple error, se pierden eternamente. No es la sinceridad lo que nos salva. Ni es la devoción o consagración a una iglesia o a un sistema religioso. Sólo Cristo es el Salvador viviente para todos.
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