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MENSAJE
Entre médicos, alcohol y drogas

Hermano Pablo
Crítica en Línea
Las luces del quirófano se encendieron convenientemente. Los enfermeros introdujeron la camilla con el enfermo. El anestesista conectó sus tubos, y el doctor Jean Portier, médico canadiense de esa clínica de Otawa, comenzó la operación. Pero algo extraño le pasaba al médico. Las manos le temblaban, la vista se le ofuscaba, y el bisturí, que tenía que ser rápido, seguro y preciso, oscilaba y hacía cortes de matarife más que de cirujano. El doctor Portier tuvo que ser retirado de la sala de cirugía para que otro prosiguiera la operación. ¿Qué le pasaba? Algo ya común entre médicos y cirujanos modernos: intoxicación alcohólica y de drogas. La drogadicción y el sometimiento al alcohol no son problemas que pertenecen solamente al pueblo bajo, al pueblo pobre que uno supone ser el único que se droga y se emborracha. Por el contrario, estos flagelos de la sociedad abundan también en las altas esferas. Se calcula según estadísticas serias y formales, que sólo en Canadá existe un treinta por ciento de médicos y cirujanos que son adictos por entero, o adictos potenciales al licor y a los narcóticos. Y se atribuye la causa a las tensiones de la vida y la profesión, agravadas por las tensiones del matrimonio y la familia. La drogadicción es un problema universal. Es el azote que amenaza exterminar la raza blanca, como aquellos azotes de la peste negra en los tiempos medievales, cuando en diez años acabaron con la mitad de la población de Europa. Hace poco un joven drogadicto me preguntó: -¿Y por qué ustedes los adultos quieren que dejemos la droga? Ustedes tienen que darnos razones valederas y convincentes si quieren que dejemos la marihuana y la heroína. Yo le respondí: -Es que la droga, en primer lugar, te somete económicamente, porque es un vicio sumamente caro que requiere mucho dinero que tú no tienes. En segundo lugar, te deteriora el cerebro y la voluntad, y te va consumiendo. Cada año que vives en la droga equivale a cinco años de la vida normal. En tercer lugar, te ofrece un falso paraíso en lugar del verdadero que Cristo te está ofreciendo. Cuando se escriba la historia de este siglo, las drogas van a ocupar un lugar preferencial entre las armas mortales inventadas por el hombre. Sólo Jesucristo puede salvar al drogadicto de su autodestrucción.
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