FAMILIA

MENSAJE A LA CONCIENCIA
¿Este es el fin: adiós?

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Hermano Pablo
California

El jet, cargado con 183 pasajeros, salía de Varsovia, Polonia, con destino a Londres, Inglaterra. Todo estaba normal cuando la torre dio la orden de despegue. El piloto, Zygmunt Pawlaczyk, dio fuerza a los motores y el avión levantó vuelo. Pero a los pocos minutos, un motor se incendió. El piloto hizo todo lo posible por controlar la situación, pero no pudo. El avión comenzó su descenso inevitable. Cuando ya nada podía hacerse, el piloto envió el último mensaje por radio al aeropuerto: ¿Este es el fin: ¿Adiós!?

Quizá no haya palabras más dramáticas que éstas. Aunque dichas, en este caso, con la serenidad de un piloto profesional, eran palabras que evidenciaban la tragedia inminente. La catástrofe fue, en efecto, el fin para 183 personas que murieron en el accidente. Estas mismas palabras: ¿Este es el fin? ¿Adiós!?, se repiten muchas veces en la vida. Las dice la pareja que no ha podido entenderse. Los dos las repiten a dúo, tras la última y más violenta discusión, mientras se dan mutuamente la espalda: ¿Este es el fin. ¿Adiós!?

Las dice también el hijo, que tras muchas discusiones con sus padres, y tras no poder soportar más, sale de la casa para nunca más volver. Las dice el anciano moribundo en su lecho de muerte, que se despide de sus seres queridos que lo rodean: ¿Este es el fin. ¿Adiós!? De todas las palabras que puede expresar el ser humano, éstas son las más terminantes. Es un adiós para siempre. Es punto final. Es la última palabra que se dirá. Es, como lo dice la frase, ¿El fin. ¿Adiós!?

Sin embargo, hay dos realidades que debemos tomar en cuenta. La una es que mientras hay vida, hay esperanza. Humanamente hablando, cuando la muerte nos sobreviene, la puerta de toda comunicación humana se cierra herméticamente. Pero muchos de los adioses se pronuncian en vida. Y ¿valga la redundancia? mientras hay vida, hay esperanza. La otra realidad es que para la persona cuyo Dueño es Cristo el Salvador, este mundo no es el fin de todo. Es más, la muerte misma no quiere decir adiós. Hay una gloria celestial que es verdadera y es eterna. Es, por cierto, más cierta que esta vida, y allí no hay adioses. La vida eterna es precisamente eso: vida eterna.

Para todos los percances de esta vida, así como para la seguridad de vida eterna, más vale que le entreguemos nuestra vida a Cristo. Él puede darnos una nueva dimensión. Sometamos nuestra voluntad a la de Él. Cristo no nos defraudará.

 

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