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  OPINION

HOJAS SUELTAS
Esa tarde frente al mar

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Eduardo Soto P.
Colaborador

Creo que ya dije que en la ciudad de Colón perdí la virginidad...: en lo social, lo espiritual, lo intelectual, lo emocional y, sin entrar en detalles ridículos, un poco en lo físico. Fue durante el verano del '80, mientras agonizaba sin saber qué hacer en aquel rincón común donde algún día todos dejamos la crisálida de la infancia, y nos ponemos a regañadientes los pantalones largos.

No sé si decir que a los 13 años todos somos propensos a la euforia, o si realmente aquella fue una época de descubrimiento y de aventura. Lo cierto es que la coincidencia feliz de que las aguas bautismales de esa edad las haya recibido en los acres callejones de la ciudad de Colón, me marcó la psiquis.

Recuerdo especialmente dos episodios: uno, mi disfraz de diablo, que creía me daba inmunidad contra la paliza de los otros más grandes (el error fue fatal porque cuando se dieron cuenta que no era oriundo, y no danzaba como ellos, me azotaron inmisericordemente); y la otra, una morena total y fantástica quien me enseñó una tarde frente al mar el significado de la palabra regional "rocopeo".

En el paseo Washington, frente al mar Caribe, había un largo prado que hacía de malecón natural. Hoy hay parques, pistas de patinaje y cuanta obra municipal se les ha ocurrido para mancarme el recuerdo; sin éxito por supuesto.

Tirado en esos "jardines" estuve con la morena, ella hablando de su familia y del ser colonense, yo mirando las sinuosidades de su cuerpo de potra boca arriba, soberano, en ademán de estatua florentina, pero con ropa. Creo que ese momento fue decisivo porque poco a poco ella me fue bajando el instinto loco de besarla más, y más, y más, hasta obligarme a escuchar lo que decía...

Y decía que Colón es una tierra con gente muy valiente, pero testaruda, que no por gusto salen de aquí grandes boxeadores, brillantes abogados y empresarios, y políticos de cuño duro, que lo del ritmo en la música y el sabor en la comida, es un símbolo de su manera de ver la vida, que por eso se chupan hasta la última gota de ese jugo precioso que es el tiempo, que no son vagos y agresivos, que todo eso es un accidente de la historia.

Esa tarde frente al mar, aprendí a querer lo colonense y por eso me sobresalto por lo que ocurre, como esta semana de dolores y lágrimas. Después que ella terminó de hablar tan fervientemente de su pueblo y su cultura, fue que yo pregunté inocente ¿qué es el "rocopeo"?, y ella me atrapó el rostro con sus hermosas manos ebonitas, me recostó en la hierba, y me dijo: "yo te muestro".

 

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