Había una vez un peloterito que le gustaba levantarse tempranito y agarrar su guante de trapo y un bate de palo de escoba.
Era algo así como un "birrioso"... un adicto al juego de béisbol en todos los sentidos. Su padre salía también muy temprano a trabajar, había jugado en sus años mozos, pero el trabajo fue más importante, pues sus hijos estaban creciendo.
Aquel niñito salió de mañanita a jugar con sus amigos. Todos se reunían en la calle y formaban la birria.
Primero aplastaban latas de soda y las usaban como almohadillas. Algunos usaban zapatillas y otros chancletas que solían romperse en el segundo episodio.
No todos eran buenos jugadores, habían algunos que "birriaban", porque no había otra cosa que hacer. El juego empezaba a eso de las 7:00 a.m. cuando aún el carro del pan no pasaba a dejar su recado.
Las pelotas eran como tesoros... algunas de tenis y otras de hule. Las de tenis perdían su cabellera y quedaban al desnudo para ser apaleadas como zorras. Las de hule tenían poca vida, algunas quedaban con la boca abierta en un abrir y cerrar de ojos.
Los juegos duraban casi dos horas... al terminar la jornada diurna había un receso para el desayuno. Unos 8 peloteritos de ensueño corrían a sus casas, a toda máquina para mojar el pan con mantequilla en sus cafés... otros lo mojaban en té, y otros simplemente comían pan con mantequilla, y ya.
Tras el reposo del desayuno venía el juego duro. Era como una Serie Mundial, ya todos más despiertos, y uno que otro invitado. Se jugaba a eso de las 11:00 a.m. y se acababa como a la 1:00 de la tarde. El sol no alumbraba tanto como ahora, o al menos esa era la percepción que tenían esos pequeñines.
Cada uno tenía su bate... algo así como un locker de palos de escobas partidos. Otros seleccionaban madera seca, hábilmente cortados con un machete filoso.
Todos los días había "birria". Todos jugaban como si fuera el último juego de sus vidas. Nunca peleaban, todos ganaban. No había árbitros y menos apuestas.
Así es la vida en la calle. La misma que es dura de día y de noche.
¡Viva el béisbol!