Eric Lawles de 70 años y vecino de Londres, Inglaterra, armó su detector de metales. Lo probó para asegurarse que funcionaba bien y salió en busca de su martillo. Había perdido un martillo, herrumbrado y viejo, pero suyo de todos modos. Buscó en su propio patio y por los predios vecinos.
De pronto el detector comenzó a emitir sus señales. «Aquí debe de estar», se dijo Eric, y armado de pico y pala, empezó a cavar. De pronto la pala golpeó algo metálico. No era su martillo sino un cofre. Dentro del cofre había más de dos mil monedas de oro y de plata, y cantidades de anillos, collares y brazaletes: un tesoro valorado en 15 millones de dólares.
Desgraciadamente estos no son más que sueños fantásticos. Lo cierto es que si algún día uno de estos sueños se cumpliera, sólo produciría problemas, corrupción y ruina. El apóstol Pablo advierte contra semejante fantasía: «Los que quieren enriquecerse caen en la tentación y se vuelven esclavos de sus muchos deseos. Estos afanes insensatos y dañinos hunden a la gente en la ruina y en la destrucción» (1 Timoteo 6: 9).
Sin embargo, hay un tesoro que debiera ser el más codiciado de todos los tesoros del mundo. No es un tesoro de perlas ni diamantes ni joyas, pues no es material. Es un tesoro mil veces más provechoso. Es espiritual, compuesto de virtudes morales que llevan a una vida abundante y feliz.
Ese tesoro es la Biblia, la eterna Palabra de Dios. Cada promesa de Dios estampada en la Biblia es una joya que enriquece el espíritu, da vida al alma y esperanza al corazón. Y cualquiera puede obtenerla, con sólo leer, escudriñar, indagar y escarbar.
No hay por qué buscar tesoros escondidos. Entre las tapas del Sagrado Libro está Jesucristo, Señor, Salvador, Maestro y Amigo. El que halla a Cristo halla el mayor de los tesoros.