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Este delito penado por la ley, conocido con el nombre de abigeato, es tan antiguo como la misma actividad ganadera; sin embargo, a pesar de las severas sanciones, dicha práctica sigue incrementándose notablemente y golpeando la economía de los trabajadores del campo y de los inversionistas en este rubro, quienes con el sudor de su frente se ganan la vida de manera honrada.
Treinta o cuarenta años atrás cuando el acceso a los potreros se hacía a través de caminos de tierra, los cuatreros le ponían cutarras a las vacas en las pezuñas para despistar al pobre dueño, que amanecía al día siguiente con tres o cuatro reses menos en su hato ganadero.
Cuando se construyeron caminos de acceso en asfalto y tosca hasta las más apartadas regiones del país, los cuatreros comenzaron a cometer sus fechorías empleando camiones con mayor capacidad, amparándose en la oscuridad de la noche.
Basta conversar con un pequeño o mediano ganadero para darse cuenta el sacrificio, la espera y la inversión que conlleva la cría de una res hasta que se le pueda vender y lograr algún beneficio económico.
Quienes viven en la ciudad no se imaginan las peripecias y los riesgos a que están expuestos los ganaderos cuando invierten en este rubro en pequeña escala, pues además dependen, junto a su familia, de ese negocio, durante todo el año.
Lo que parece un negocio rentable a simple vista no es más que una inversión a largo plazo, sujeta a los riesgos de la sequía y las enfermedades y que acarrea gastos de compra de la res, alimentación, medicamentos, siembra de pastos, cercas y mercadeo, entre otros. |