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No tengo a manos los datos estadísticos que cubren la cantidad de minusválidos que hay en el país actualmente, sospecho de un número alto. Estas deficiencias en la mayoría de los casos, responden a debilidades congénitas que traen algunos seres humanos en su equipo psico-motor al nacer; en otras condiciones son el resultado de accidentes de trabajos riesgosos que obligan a las personas que los sufren a quedar apoltronados en una silla de ruedas, para el resto de años por vivir.
Un minusválido en Panamá, por influencias culturales, generalmente es un ente de evaluación baja que inspira: lástima, pena y desprecio. Los que convivimos este universo, dedicados totalmente al fenómeno enfermizo, pidiendo favores, otras quebrando la voz, porque casi siempre, somos atropellados por la arrogancia y la indolencia de aquéllos que han tenido la fortuna de traer un conjunto hereditario, digno de envidia y del goce, abierto al esparcimiento y derroche.
No es tan sencilla la regla, ni del todo feliz, para un padre o madre, mirar al hijo (a), arrebujado entre sábanas en la cama, diván o silla de ruedas, porque no tiene las energías físicas, para incorporarse con vigor y salir a realizar las faenas que es lo deseado, como lo desarrolla cualquier miembro de la vecindad. Y en este piélago de la vida nos encontramos con mucha negatividad, gente que lo único positivo aprendido en la existencia es hacer una mueca, obvio es que el enfermo no es su familia. Los humanos muy pocas veces estamos dispuestos a escuchar las desgracias y sinsabores que embargan la vida de un baldado que no puede valerse por sus propias fuerzas, provocando fuertes contrariedades en los intentos imposibles que amaga por consumar. El hado inexorable en confabulación con la incapacidad de las ciencias que en nuestro caso, hasta el momento, no ha podido encontrar la vía expedita, por donde podamos transitar con primor, respirando el aire de la tranquilidad, haciendo trastabillar la mortificante desesperación. Somos los prisioneros de una enorme chirona, donde el mal se ensaña con violencia inaudita, trastocando nuestros actos, purgando una condena, cuyo delito no conocemos, saturados de pesar, como el terreno desolado y arruinado, donde acaba de lidiarse una batalla cruenta y terrible. Pero no todo es el turbativo tormento, adviene una sonrisa de suficiencia que mis labios trémulos dan un rasgo de placer y alegría, he encontrado en mi trotar tras la enfermedad la noble personalidad de los galenos Juan M. Llerena y Marcos A. Ruiz que juntos, hemos formado el triunvirato, trabados por un solo propósito, decirle al final con deprecación vehemente: levántate y anda. |