No me es aventurado afirmar que se ha heredado una tanda de problemas de vieja data que requieren inmediatas soluciones. Nadie me podrá contrariar, ni poner reparos, que el punto focal de mi preocupación son: el transporte, la canasta alimentaría, la educación, el servicio de agua potable, entre otros que no dejan de enconar nuestra vida diaria.
No puedo caer en el pedregoso camino de la falacia al afirmar que sólo los gorgojos son animales que pueden permanecer largo tiempo sin probar una gota del sagrado elemento. Entrado el siglo XXI y todavía hay comunidades muy próximas a la ciudad de Panamá aprovisionándose de el vital líquido de pozos artesianos de los ríos y quebradas totalmente contaminados. El agua -si está bien tratada con todos los ingredientes químicos en ordenadas proporciones- es nuestra amiga, pero si adolece de dichos calificativos, será la compañera irreconciliable e ingrata, causa de las revolturas intestinales, dueña de todos los descalabros orgánicos, titán que corre en silencio por los causes del territorio nacional.
Situaciones evidentemente potenciales nos hacen sentir con extraña imperiosidad los trastornos que ocasionan las ausencias en lo concerniente a solventar las diversas condiciones intolerables. No pasa un día que pueda tomarme un vaso con agua feliz, pensando que existen miles que la están ingiriendo inficionada. En el transporte no se ha empalmado el servicio permitiendo la importación de buses viejos o nuevos, hasta tanto se concluya la construcción del metro que dista unos cuatro o cinco años. La canasta, la buena anda por el cielo, esa sólo la consumen los angelitos.
Por lo que veo sigue la cuota de sacrificios en marcha, hasta que San Juan agache el dedo; somos los porfiados que combatimos contra lo imposible, náufragos moribundos que en nuestras arruinadas agonías asistimos a las alteradas demencias del mar. Suma de nubes que corren acosadas por el viento acampando en un lugar desconocido de la serena eternidad