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Luto en Hollywood

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EFE

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Anthony Quinn, en sus últimos años.

No hubo nacionalidad que se le resistiera a este actor de 86 años, nacido en México, nacionalizado estadounidense y ciudadano del mundo después de haber vivido en Grecia, Francia, España o Irán, entre otros países que contaron con su presencia.

Fue el líder beduíno de Lawrence of Arabia, el trotamundos de La Strada, el patriarca italiano de Un paseo por las nubes, un cura español en Valentina e incluso un esquimal en The Savage Innocents.

También hubo rusos, indios, asiáticos e hispanos de todos los orígenes en la carrera de un actor que interpretó más de un centenar de películas en 60 años. Sin embargo, un papel se mantuvo, predominante, en la mente de todos, incluso en la del propio Quinn: el de Zorba.

"Soy Zorba", afirmó en más de una ocasión este actor, enamorado de la pasión por la vida que sentía el personaje de la obra de Nikos Kazantzakis.

Esa pasión concluyó el domingo 3 de junio en un hospital de Boston donde Quinn, 86 años, se encontraba ingresado aquejado de una neumonía y problemas respiratorios que finalmente acabaron con su vida.

"Es más grande que la vida", fueron las primeras declaraciones de Vincent "Buddy" Ciandi, alcalde de Providence (EEUU), localidad próxima a la última residencia del actor, cuando confirmó el fallecimiento del que llamó "su amigo".

"Cualquiera que sienta respeto por un verdadero artista le echará de menos. Fue un hombre renacentista con una inteligencia y una visión que traía una gran claridad a cada momento que pasabas junto a él", agregó Ciandi.

Son muchos los que han respetado la obra de este actor que supo alzarse de la mayor pobreza, que vivió en su infancia como emigrante mexicano primero en El Paso y luego en Los Angeles, a una de las estrellas con una mayor fortuna amasada gracias a su carrera artística.

Junto a las huellas de sus pies y manos, ambas amplias como lo era toda su presencia, a la puerta del teatro Chino de Hollywood, espectadores y aficionados dejaron sus muestras de homenaje y cariño, desde velas prendidas hasta ofrendas florales.

"Trabajar con él fue un gran aprendizaje. Un hombre que sabe disfrutar delante de la cámara y se maneja con toda libertad. Lo suyo fue una lección magistral de alguien que no tiene miedo a nada", confirmó Keanu Reeves después de trabajar con Quinn en A Walk in the Clouds (Un paseo por las nubes).

Nacido de padre de origen irlandés y madre de origen azteca, al actor le gustaba describirse como hijo de la revolución ya que sus progenitores se conocieron mientras luchaban con Pancho Villa.

Quizá fuera ese coraje el que le dio energía para buscar su camino, como boxeador, cura, saxofonista, limpiabotas e incluso arquitecto, frecuentando la amistad de Frank Lloyd Wright.

En el cine encontró su camino y su primer amor, en la hija adoptiva de Cecil B. De Mille, Katherine.

También encontró el triunfo, consiguiendo dos premios Oscar como mejor actor secundario, por Viva Zapata y Lust for Life, y dos candidaturas a mejor actor por Wild is the Wind y, por supuesto, Zorba.

"Su vida estuvo llena de toda la pasión que lo definió, que encendió su increíble nivel artístico", agregó Cianci en unas palabras de elogio que han sido repetidas en la comunidad de Hollywood.

Su pasión no estuvo alejada del escándalo, casado en tres ocasiones y con 13 hijos concebidos con cinco mujeres diferentes.

Si el divorcio de su primera esposa fue ya un escándalo, al dejar al descubierto los dos hijos que había tenido fuera del matrimonio con la que sería su segunda esposa, Yolanda Addolari, la siguiente separación no sería menos escandalosa, en esta ocasión para casarse con Cathy Benvin, de 35 años, cuando Quinn ya tenía 82.

Muchos de estos detalles quedaron expuestos por el mismo Quinn, que escribió personalmente los dos volúmenes de su autobiografía, El pecado original y Atadecer Repentino, traducidos a 18 idiomas.

Además, Quinn supo ganarse el respeto y la admiración, además de la fortuna, con su dedicación al arte, en especial la pintura y la escultura, una de sus principales aficiones en los últimos años.

"La mayor inversión que uno puede hacer en arte es en Anthony Quinn. Espero que viva para siempre, Dios lo quiera, pero es un artista increíble y su cotización se triplicará si algún día le pasa algo", afirmó recientemente Arnold Schwarzenegger, coleccionista de arte, actor y amigo tras trabajar juntos en The Last Action Hero.

 

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