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El ser humano común, por su propia naturaleza, actúa con libertad. No tiene reloj en su pulsera ni nada que lo amarre a un estricto cronograma de trabajo. A medida que salen las cosas para él, así se programa. Es una especie de hombre con alma de servidor público. La hora es importante sólo para salir a comer o para ir para la casita.
Así andan miles y miles de personas en Panamá, al igual que en otras latitudes. No programan su vida, mas bien la desprograman inventando y haciendo lo que no deben hacer.
El profesional de hoy se levanta y, antes de pisar el suelo, sabe qué debe hacer primero, pues se ha programado para la fecha. Tiene anotada todas y cada una de las actividades en su agenda personal.
La palabra se me olvidó no existe en su vocabulario y mucho menos no me acuerdo. Los profesionales actúan con una mecánica sistemática razonable que la ayuda a administrar su tiempo durante el día, siempre dejando espacio para Dios y la familia.
Vivir de las improvisaciones engendra seres incompletos que carecen de capacidad intelectual para definir problemas reales de momento. Se enredan en pequeñeces y alborotan todo para, al final, no cumplir los objetivos establecidos. En resumen, es un ser improductivo, lento y con poca visión. Comencemos a anotar todo. Evitemos caer en el hoyo de la improvisación del que quizás un día no podamos escapar. |