OPINION

CUARTILLAS
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Por Milcíades Ortiz Jr.
Catedrático

Durante cuarenta y cuatro años he recordado cada mes de febrero mi graduación de bachiller en el Instituto Nacional, llamado con razón el Nido de Aguilas. Aunque los compañeros no hagan reuniones ni encuentros como en otras épocas, mi pecho se hincha con los recuerdos de mi vida en la secundaria, en el colegio más famoso del país.

Comprendo que este sentimiento también pueda anidar en los corazones de personas que se graduaron en otros colegios. Pero resulta que el Instituto dejó una huella profunda en los cuatrocientos sesenta jóvenes que se graduaron y se convirtieron en "cariátides de bronce de esta nación".

Ahora el Instituto Nacional sigue siendo un colegio de importancia, pero creo que las generaciones de hace cuarenta años atrás fueron las más significativas dentro del quehacer nacional.

Esto esa así, porque ese colegio era el centro del movimiento por la soberanía total en Panamá. La existencia de la Zona del Canal era como un hierro candente en los pechos institutores, quienes años más tarde en el sesenta y cuatro, iniciaron el movimiento liberador y soberano.

Nuestra generación fue distinta a muchas que pasaron por el Nido de Aguilas. La frase que señala su himno sobre los "halcones que ya volarán" la vivimos en carne propia. Se luchó contra el control férreo del rector Carlos Gallegos, por la libertad de expresión, por más escuelas y menos cuarteles, por la soberanía en la Zona del Canal, etc.

Aunque algunos profesores timoratos no querían enfrentarse al amor nacionalista de la juventud, el colegio "altivo de la falda fraterna del Ancón", templó nuestra personalidad y nos hizo hombres y mujeres de bien para este país.

Claro que no todos los jóvenes estaban imbuidos en la política estudiantil. Había un grupo llamado los "fiesteros", expertos en parrandas de fin de semana. Otro grupo se podría considerar los "poco me importa". Estaban en el colegio, pero el Nido de Aguilas no llegaba a sus corazones. Meramente "existían" y los llamábamos "individuos".

Pero habían grupos de gente interesada en conocer las realidades de la vida panameña, y hacíamos la diferencia. Se leían textos sobre la realidad panameña. El libro de Castillero Pimentel era una especie de "Biblia" en nuestras almas inquietas.

No sólo nos preocupaba la soberanía, sino literatura, ciencias, política mundial. Libros que nos vendía a escondidas el entonces joven intelectual Amador Fraguela, nos daban una amplia visión del mundo en que se vivía en los años cincuenta. A muchos jóvenes esas inquietudes les costó expulsión, presiones, rebajas de notas, regaño de profesores, etc.

En lo personal, mi naciente vocación periodística casi me lleva a la expulsión del glorioso Nido de Aguilas. Cuarenta y cuatro años más tarde, comprendemos que todos esos obstáculos fueron una enseñanza, un reto, una práctica para templar nuestra personalidad y poder enfrentarnos luego a la realidad de la vida.

He estudiado luego en varias universidades de aquí y el exterior. Pero ninguna de ellas se convirtió realmente en mi Alma Mater, puesto que se ganó ese vetusto colegio, guardado por dos esfinges que vigilan su entrada.

 

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