REFLECTOR
Vía España

En uno de estos almacenes de la Vía España trabajaba uno de estos buaysitos que no tienen nada en la cabeza, pero de muy buen parecer. Se trata de Edwin, un chico blanco de cabello negro, ojos chocolates claros y un cuerpo grandote.

El man estaba decicido a levantarse uno de esos pays que visitan estos locales, y como aceptaba de todo, cayó en sus redes una vétera de muy buena pinta y, sobre todo, con mucho chen chen, con un carro de último modelo y buco de tarjetas de crédito doradas.

Eyra que no iba a dejar de pasar la oportunidad, ya que pensaba que el man era un angelito del cielo, empezó a coquetear con el buay y se formó tremendo romance, de esos donde las noches se hacen cortas y los días no alcanzan para tanto amor, como dice la canción.

Sucedió que la vétera estaba casada y no lo estaba con cualquiera, el man era ni más ni menos que el dueño del almacén y el pobre no podía pasar por la puerta porque los tremendos cuernos se lo impedían.

Sucedió que cuando Ramiro caminaba por el local, los empleados le soltaban cierta risita burlona, cosa que a él le molestaba y empezó a sosprechar de que algo estaba sucediendo y decidió vigilar a su mujer, ya que le decían frases de doble sentido como que olía a quema'o papá.

Así que un día, cuando llegó Eyra al almacén, Ramiro se ocultó entre unos vestidos y le siguió todos los pasos. ¡Ay, papá! la guial se puso el vestido más sexy que encontró y le fue a calentar las orejas a Edwin, quien ni corto ni perezoso se lanzó tras la presa y cuando los dos estaban en pleno rochin, se presentó Ramiro con tremendo bate de béisbol que fue a buscar especialmente en la sección de deportes.

Y entró al vestidor y comenzó a repartir palos por todas partes. En todo el local se oían los gritos de Eyra y los quejidos del vendedor, ya que el man enfurecido no reparaba a quién le estaba pegando con todas las fuerzas de su ego herido.

Fueron los agentes de la Policía los que impidieron que la tunda pasara a mayores, y no conforme con esto, el man los botó a los dos, a uno del empleo y a la otra de su vida.

La pobre Eyra pensó que ahora el amor de su vida la recogería, ya que aún estaban frescas en su memoria los juramentos de amor eterno ylas horas de delites sin fin.

Pero, que va papá, el buaysito se mandó a pintar de colores y le dijo que con una vétera como ella no llega ni a la esquina, que vieja, fea y sin plata, no servía ni para taco de escopeta.

 

 

 

 

 

 


 

El man estaba decicido a levantarse uno de esos pays que visitan estos locales, y como aceptaba de todo, cayó en sus redes una vétera de muy buena pinta y, sobre todo, con mucho chen chen, con un carro de último modelo y buco de tarjetas de crédito doradas.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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