OPINION

CUARTILLAS
Santo

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Por Milcíades Ortiz Jr.
Catedrático

Cuando llega la Semana Santa siempre recuerdo a mi abuela Teresa, quien murió hace más de cuarenta años. Era una viejecita gordita, quien vino de Italia con su esposo a buscar un mejor futuro. Tuvo varios hijos y al final de su vida era apacible, sencilla, preocupada por comer carne todos los días para estar bien de salud.

Vivió más de noventa años y todos sus nietos la querían. Pienso que yo era uno de sus nietos preferidos. Cada vez que llegaba la Semana Santa, mi abuela me obligaba a llevarla a ver películas religiosas.

A veces pienso que era la primera vez que salía en todo el año de la casona paterna, en Calle Primera Parque Lefevre. Como no era grande para manejar auto, me llevaba a la abuela en bus. En aquellos años (hace cincuenta años) había buen transporte público.

Figúrense que estaba prohibido llevar pasajeros de pie en los buses, que por cierto costaba cinco centavos de dólar. La línea de Parque Lefevre daba toda la vuelta a la ciudad, pasando por Las Bóvedas.

El cine quedaba cerca de Calidonia y se llamaba Presidente, si mal no recuerdo. Mi abuela soportaba los esfuerzos de subirse al enorme bus, sentarse en duros asientos y luego bajarse para ir al cine. No decía una sola palabra de queja.

Pienso que para ella ir a ver películas religiosas era una manera de cumplir con lo sagrado en esa fecha tan especial. También mi tía Elida en Semana Santa me pedía que la llevara a visitar "siete iglesias" para ver los santos cubiertos.

A veces había mucha gente y para quienes vivíamos en "las afueras" de la ciudad, eso no nos gustaba mucho. Mi mamá Italia llevaba a sus hijos a las procesiones. Ni a mi hermano Orlando y a mí nos gustaba mucho ese asunto. Nos poníamos a ver a la gente para saber si había algún amiguito que después fuera con el cuento a la pandilla de calle Primera.

Como niño que éramos, preferíamos estar jugando a "la lata", "la lleva" o al "escondido", que estar caminando en silencio en una procesión religiosa... o visitando iglesias. Pero en esa época, los niños no discutían los deseos de sus padres, tíos o abuelas. Lo que ellos (ellas) querían era ley, así de sencillo. Por eso nos resignábamos a llevar a nuestros mayores a actividades religiosas.

Con los años comprendí esos deseos de gente mayor. Y me quedó en la mente las bellas películas a colores sobre la Biblia, llenas de personajes y pasajes de acción. Los tiempos han pasado. Mi abuela y tía ya no están con vida. Tampoco los cines que daban los melodramas religiosos que tanto gustaban a esa generación.

Ahora desde la comodidad del hogar, frente al televisor, usted puede ver películas del Viejo y Nuevo Testamento. Pero eso nunca reemplazará la relación adulto-niño que se daba entre mi abuela, tía y madre y yo... ¡eran otros tiempos!.

 

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