El Jueves Santo es un día glorioso más reluciente que el sol.
En víspera de su Pasión y Muerte ignominiosa de cruel crucifixión, Jesús, Redentor del Mundo, nos legó el testamento del sublime sacramento pletórico de amor: La Eucaristía.
Su Cuerpo Inmaculado, su preciosa Sangre y su Divinidad, convertidos en vital alimento de nuestra alma y cuerpo, frágiles y propensos al pecado.
Dos hechos elocuentes cristianos conmemoramos hoy: La Misa Crismal, en la mañana, y la Misa Vespertina en la Cena del Señor.
La Misa Crismal, en su sentido más pleno, es la celebración del sacerdocio de Cristo que ofrece su noble sacrificio en la Cruz.
En la Misa Vespertina de la Cena del Señor, Cristo congrega a sus miles de fieles en torno a la Mesa Sagrada donde se realiza la Eucaristía.
Recordemos lo que manifiesta el Evangelio Cristiano: "No sólo de pan vivirá el hombre, sino de toda palabra de Dios".
La noche del Jueves al Viernes Santo fue la más trágica de la historia. Jesús la pasó en vela, recibiendo escarnios, insultos y trato infame de la chusma y de la soldadesca; compareciendo de tribunal en tribunal, y sufriendo los más acerbos dolores por nuestro amor.
Por lo mismo, la Iglesia cristiana católica celebra la liturgia de la mañana de hoy, Jueves Santos, como la penumbra y con todo el aparato fúnebre, con pocos cirios y amarillos, con ornamentos negros, con cantos lúgubres, con sones de matraca, con "improperios".
Asistamos a los Oficios penetrados de un vivo dolor y nuestras culpas, que fueron la causa de la Pasión y Muerte del Redentor.