Bueno, bueno, hoy es Jueves Santo, día de la entrega de Judas y del propio Jesús. Hasta el siglo VII se celebró la misa de Reconciliación y aún hoy se conmemora la Última Cena, con el lavatorio de pies (símbolo de humildad frente a los soberbios) y la institución de la Eucaristía, centro de toda la vida cristiana y del culto católico que lleva el hombre hacia Dios.
Por cierto que pienso entonces en el Evangelio de Mateo, el Sermón de la Montaña con sus ocho bienaventuranzas.
De paso, también uno de los más bellos escritos bíblicos como lo es el Eclesiastés.
Volviendo a las bienaventuranzas, la de los pobres de espíritu -como todos aquellos que son afligidos y no encuentran respuestas- y los mansos que sufren de hambre y sed por la falta de trabajo, los salarios irrisorios, el incremento incontrolable del costo de la vida, la violencia desatada, la explotación, los bajos niveles educativos, las viviendas humillantes, falta de agua, rodeados de desperdicios, ignorados en sus necesidades, reclamos y reinvidicaciones para quienes no hay misericordia -pese a ser de corazón puro-, sufriendo la corrupción con los políticos y sus promesas incumplidas, y el avaro y cruel enriquecimiento a lo Creso, mientras te anuncian que el país crece y tiene grado de inversión y ni siquiera sales de la abominable pobreza y pobreza extrema sin tan siquiera grado de consumo, mientras te consumes cada vez más en la miseria frente a palacios vedados sin pacificadores que te salven de la delincuencia fatal, viendo a los perseguidos por una justicia falsa y selectiva que te ofende y te vulnera recibiendo insultos y persecución con base a falsedades y, entonces, vuelves los ojos al cielo en busca de una montaña y del sermón de los bienaventurados y sólo ves, en este Jueves, el calvario, la traición y te sientes crucificado y te introduces en el Apocalipsis del Apóstol Juan y alguien como el Hijo del hombre con cabello blanco como de nieve y siete sellos y el trono y las cosas terribles que aún han de suceder.
Entonces te estremeces, miras a tu alrededor, la amplia brecha que se expande entre los pocos que todo lo tienen y los muchos que todo les falta, y recuerdas las promesas de empresarios politizados y su canto de sirena del cambio y piensas en el Eclesiastés, Kohélet o predicador en hebreo y uno de los siete libro sapiensales del Antiguo Testamento, revulsivo, de apariencia pesimista que trata de quitarnos la venda oscurantista, atribuido al sabio Salomón, que nos dice todo es vanidad, soberbia, que no hay nada nuevo, ningún cambio; todos las cosas son afanes.... lo que se hizo lo mismo se hará. Nada hay nuevo bajo el sol...
¡Ay de ti, país, cuando por rey tienes a un niño y tus príncipes banquetean ya en la mañana!
Bueno, eso es todo por hoy, pero tranquilos que el próximo jueves habrá más.