Hoy conmemoramos el Jueves Santo, día en que Jesús cenó con sus discípulos por última vez, en un acto que estuvo marcado por la angustia ante la proximidad de la muerte.
Era una comida íntima entre amigos, tal como hoy hacemos cuando algún acontecimiento nos mueve a celebración. Así era Jesús, tal como nosotros, alegre y festivo. Pero surgió la sombra bestial del traidor, la silueta terrible del impío.
Fue un encuentro que llegó a convertirse en un instante de desolación y de infinita tristeza. Aquel que comía en la misma mesa y que empapaba el pan con el vino, pondría sus propios intereses por encima de la amistad y del amor fraternal, como consecuencia de una visión equivocada del mundo, todavía distorsionada por el afán de posesiones materiales.
Esa noche, la cena consistiría en cordero, pan y vino. Todos comieron y estuvieron contentos. Pero el Mesías, ungido ya por el dolor, se convirtió en la pieza principal de esta celebración, iría al sacrificio por redimir los pecados de quienes, como Judas, dejaban a un lado los valores más importantes.
Este acto deleznable del hombre de Iskariot evidencia las motivaciones de los seres humanos que, en ocasiones, impulsados por la impaciencia y el provecho personal, olvidamos aquellas cosas trascendentales como la amistad, la solidaridad y la lealtad.
Aquella noche se daba el primer paso hacia una nueva forma de vida, hacia un mundo diferente en el que el hombre y la mujer adquirían importancia como seres humanos y no como piezas intercambiables y desechables.
Jesús dio ese paso, y el mundo fue otro. Los ídolos de la oscuridad de la antigüedad cayeron convertidos en polvo. El orden de las cosas había cambiado para siempre. Nos toca a todos preservarlo.