La obra cumbre que le ha dado firmeza al idioma de Castilla es El Quijote de la Mancha. El que no ha leído con puntualidad sensitiva esta gran obra, con sinceridad les puedo comunicar que no conoce de veras las profundas penetraciones en el género novela del idioma español. Sin esta obra, en los actuales días, nuestra lengua sería un triste mamotreto quejumbroso de limitaciones. Y proveía la magistral elocuencia escrita de un hombre sencillo sin estentóreos calificativos intelectuales en afirmación propia de carecer de las pomposas citas que denuncian el grado alto de cultivo que posee el autor.
Fuera del Quijote no existe en toda la literatura española una novela que le gane ventaja, ni siquiera que la iguale y en el cursar de las centurias su forma e influjo literarios no ha perdido su valor, poniendo el tiempo a sus pies, como esclavo doliente, postrado en ofrenda de todas las claudicaciones en obediencias. Terminada esta sinopsis histórico-literaria, he de ocuparme mencionando algunos del patio que para mí poseen privativo valor: Gil Blas Tejeira, Ramón H. Jurado, Gonzalo Castro Domínguez y Manuel Celestino González; cuatro astros luminosos del sistema planetario de la pluma, uno de ellos vivo, que goza de mi entero respeto y predilección infinita. Pero tengo que detenerme haciendo una evaluación transitoria de la personalidad inconfundible de Gonzalito, maestro inseparable y afectivo de mis tendencias líricas en mi inexperta adolescencia. Estatua de bronce incorruptible que los soles caniculares no han logrado desintegrar. Su palabra, mensaje de tono admonitorio, aún reverberan desplazándose en galope presuroso sobre la llanura santiagueña en abierto desafío, cabalgando los nerviosos lomos de los corceles desbocados lanzando amenazantes dicterios apocalípticos.