Hay un silencio tan ensordecedor, que muchos de nosotros preferimos creer que Dios está ausente de nuestras vidas. El silencio que se escucha respecto de nuestras súplicas, nuestros anhelos, nuestras necesidades, y aun en nuestros deseos, caprichos y antojos, parecen, según nosotros, no importarle a Dios. Por eso, todos los días la gente se pregunta, impotente y angustiada:
Señor: ¿Dónde estás?
Búscame en cada hambriento a quien le negaste un bocado de comida.
Búscame en cada uno de los que, teniendo sed, le negaste un vaso de agua.
Búscame en esos que tiemblan de frío porque tú le negaste una cobija, una manta.
¿Qué dónde estoy? Encuéntrame en cada uno de esos prisioneros a quienes, inocentes, no les prestaste atención, ni creíste en su inocencia, prefiriendo enviarlos al cadalso.
Encuéntrame en cada plegaria tuya que, vacía de fe y de buenas intenciones prendes que yo avale tus sinvergüenzuras y falta de sinceridad.
Me vas a encontrar cada vez que mientes, engañas y te apropias de lo que no es tuyo, y que muchas veces asesinas para conseguirlo. No me dejarás de ver si insistes en negarle la paternidad a tu hijo, o si insistes en preferir a tu pareja, antes que a tus hijos.
¿Qué dónde estoy? ¡Ya te lo dije!...estoy presente en cada mala acción que cometas para que aprendas, y nunca te olvides, que no me dejé crucificar por el gusto.
Así que, de ahora en adelante, cuando quieras encontrarme, sólo haz lo correcto, di siempre la verdad y apártate del pecado. Si haces esto, Mi Padre te bendecirá.
¡Au Revoir!