Señores lectores: Cuerpo y alma coexisten juntos en la unidad de la personalidad humana no a la manera de los huéspedes más o menos desavenidos. El hombre es un cuerpo de alma y cuerpo. El alma influye en el cuerpo y viceversa. Cuando el alma está sana, tranquila se halla en gracias de Dios. Se es feliz porque la verdadera alegría brota de adentro. Los pecadores no la conocen, no saben de una fugaz satisfacción. Surge la tristeza auténtica que engendra la culpa, que produce el pecado.
El Espíritu Santo la considera un corrosivo que quema la energía, como la polilla que corroe la ropa o el vestido.
La Iglesia en su oración litúrgica a la Santísima Virgen María, Reina del Cielo y Tierra, pide la liberación de la tristeza. Don Bosco, el extraordinario sacerdote de "Reymundo y todo el mundo" exclamó la común frase: "Tristeza y melancolía, fuera de la casa mía".
¿Has visto tú, distraído hermano, en los conventos, en las casas religiosas a los frailes, a los religiosos (as) que viven una vida austera, alejados del mundo corrupto, y faltos de muchas comodidades, privados de muchos placeres, aun de algunos lícitos, cómo son felices, venden salud y mueren nonagenarios? Su secreto, una alma vigorosa, un tanto superior y de su vitalidad participa también un estrato interior: el cuerpo y el alma... Sabemos, además, que en el hombre hay un alma mortal creada por Dios.
El sacerdote y el soldado merecen nuestro aprecio y respeto. El uno soporta muchos trabajos y desprecia el peligro. Da su vida para conservar la de sus ciudadanos; el otro (el sacerdote) promueve y fomenta la grandeza y la gloria de Dios.