En esta vida tenemos que soportar de todo: interactuar con excelentes personas, pero también con personas detestables; conversar con amigos muy caballerosos, pero también con ciudadanos mal educados; platicar con excelente trabajadores, pero también con "gorilas" que se lo quieren comer vivo cuando comienzan a gritar a sus subalternos -si son jefes- y o a sus compañeros de trabajos si tienen el mismo nivel dentro de la organización donde laboran.
Gritar es levantar la voz más de lo normal para expresar enfado o desaprobación. Es también un esfuerzo extra que realiza el ser humano para ser escuchado cuando a su alrededor hay obstáculos que no permiten que su mensaje llegue.
En este caso, nos referimos al primer ejemplo, pues todos conocemos que existen personas que les gusta hablar alto, simplemente porque, según ellos mismos dicen: "Ay, yo soy así. Me gusta que me escuchen para que no digan que ando hablando en los pasillos.".
Estimado amigo (a), lo primero que deseo decirte es que no es profesional hablar entre ciudadanos civilizados de esa manera que quieres imponer. Si eres jefe (a) y, encima de todo hablas con vulgaridad, te estás ganando el desprecio de tu equipo. El peor de los casos es cuando se trata de una dama. Este es el límite de todo.
El lenguaje es rico en palabras. Solo hay que buscarlas para transmitir mensajes claros que no se preste para ambiguedades. ¿Por qué gritar si están en desacuerdo con algo? ¿No es posible decir: "Disculpen, no opino igual a ustedes".
La gente hecha y derecha, los que saben como obtener lo que quieren, no necesitan de los gritos ni las palabras altisonantes para lograr sus objetivos, o para lograr influir sobre quienes lo rodean.
Por lo contrario, el gritón muestra un rasgo de inseguridad e inmadurez. Piensa que a falta de argumentos convincentes, y de la estatura intelectual para transmitirlos, buenos son los alaridos y los insultos, cargados de intimidación.
Estimado lector, usted puede estar seguro que aquel persona que intenta ganar discusiones o intercambios de ideas impidiendo que su interlocutor hable, gritándole o interrumpiéndolo constantemente, sabe que no tiene la razón.
Pero lo importante no son las palabras, sino las acciones, así que dejelos gritar y usted eche pa' lante; porque todos sabemos lo que dice el refrán sobre los perros que ladran.