|
|
HOJA SUELTA
En la cárcel

Eduardo Soto P.
Hace unas semanas, mi hermano estuvo diez horas preso. Él es dueño de un taller de chapistería y lo acusaron de tener en su poder un auto robado. Cayó durante una redada antidrogas que efectuó la Dirección de Información e Investigación Policial, DIIP, en Betania, así que lo pusieron hombro con hombro en el mismo calabozo (estrecho y hediondo) junto a narcotraficantes, ladrones, piedreros, y rateritos insignificantes. Y es cierto, el carro había sido robado, pero ¡hace dos años! No obstante, apareció al día siguiente y, aunque inmediatamente se reportó su recuperación, a algún inspector distraído de la Policía Técnica Judicial (PTJ) se le "olvidó" incluir esa información en la computadora. Por ende, en las pantallas de todas las agencias del orden público el auto seguía en manos malditas, y creyeron que mi hermano era el ladrón. El chiste (que no da un carajo de risa) es que después de unas cuantas llamadas que hice, tanto a la Policía como a la PTJ, todos coincidieron en que el arresto había sido injustificado, producto de un "lamentable error" pero, léase bien, ¡nadie no podía hacer nada hasta al día siguiente en la mañana! La única condescendencia que tuvieron fue pasar a mi hermano a la oficina del jefe, con derecho al aire condicionado, comida fresca, un mullido sillón y televisor para ver la semifinal del béisbol juvenil. Hay que aclarar que el caso se complicaba no por alguna sospecha que pesara sobre mi hermano, sino por las que la PTJ y la DIIP mantienen unos contra otros. La Policía no quería soltarlo porque sería taparle un error a los petejoteros, y viceversa. Aun cuando me disgusta hacerlo (para no deberle nada a nadie) me vi obligado a remover las enormes y pesadas ramas de las influencias que todo periodista logra con los años. Hablé con todos los voceros oficiales; ellos con sus jefes, y nada. Al final hice la llamada clave, y una patrulla repleta de detectives llegó a medianoche, con el papeleo para soltar al tipo. Los policías le dieron cien mil vueltas a las notas, como si sospecharan que alguien ocultaba algo. Cuando salimos del calabozo, abrazados y riéndonos, no pudimos dejar de pensar que si hubiese sido un ciudadano cualquiera, sin contactos ni un pariente loco y periodista, hubiera pasado la noche (quizá semanas enteras) en la cárcel, por un error de computadora. Ya en casa, las cervezas sirvieron como laureles para los ganadores de las antiguas olimpiadas, y nos amargamos al pensar en el escarnio de esta detención injusta, y en todo el tiempo (que es dinero) que él perdió por no estar en su taller. ¡Qué vaina!
|
|
|
|
PRIMERA
PLANA | PORTADA
| NACIONALES | OPINION
| PROVINCIAS | DEPORTES
| LATINOAMERICA | COMUNIDAD
| REPORTAJES | RELATOS
| VARIEDADES | CRONICA
ROJA | HOROSCOPO | SOCIALES
| EDICIONES ANTERIORES
| BUSCADOR
DE NOTICIAS | OTRAS
SECCIONES


|
Copyright
1995-2000, Derechos Reservados, Editora Panamá América,
S.A., EPASA |
|