Panamá alcanzó el subcampeonato de la Copa de Naciones de la Unión Centroamericana de Fútbol (UNCAF) y los titulares de las planas deportivas, los noticieros de televisión y los comentarios en radio, calificaron la hazaña de la tricolor como una "tragedia" y un "carnavalazo" por el cual teníamos que darnos latigazos en la espalda.
Panamá llegó a la Copa de Naciones cuando nadie daba un "real" por el onceno dirigido a pocos meses de la competencia regional.
Jugamos bien. La derrota ante Costa Rica en la definición por penales confirmó que aún Alexandre Guimaraes y la Federación de Fútbol que con planificación y paciencia dirige un equipo encabezado por el abogado Ariel Alvarado, necesitan reforzar el trabajo futbolístico.
Costa Rica se ganó la Copa de Naciones, pero Panamá confirmó que es cada vez un rival que tiene para ofrecer un buen fútbol durante los 90 minutos de enfrentamiento.
Los panameños son campeones, porque de cero llegaron a mucho.
¿Acaso esto no es más importante que lamentarse de un empate a uno en el tiempo reglamentario y una mala jugada de la suerte en la ruleta de los penales?.
La lectura de mis colegas periodistas del fútbol fue equivocada. Los futbolistas panameños, con limitaciones por la falta de estadios, con pocos recursos y con un tímido apoyo del sector privado hicieron lo que no pudo Belice, Nicaragua, El Salvador, Honduras o Guatemala.
El valor de este segundo lugar está en la capacidad que demostramos frente a jugadores con mayor experiencia y tradición "futbolera".
Le ganamos a lo mejor del área de la UNCAF y pusimos de rodillas a los ticos en los dos partidos que nos enfrentamos, para romper el maleficio de los últimos 10 partidos donde caímos derrotados.
A Patón Philipps, Luis Blanco, Engi Mitre, Felipe Baloy , Chalate Torres, Amílcar Henríquez, Carlos Rivera, Jaime Penedo y al resto de la selección tenemos que admirarlos por los logros que alcanzaron.
Ellos son nuestros Ronaldos, Ronaldhinos, Beckmans, nuestras verdaderas estrellas galácticas que salieron de los arrabales jugando descalzos o con zapatillas de baratillo para darnos alegrías y glorias, y eso es lo que vale a la hora de sacar cuentas.