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Sábado 19 de febrero de 2000




MENSAJE
Doblones y pirañas

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Hermano Pablo

Eran monedas españolas: doblones antiguos, legítimos, de aquellos que fueron la codicia de los piratas y de los colonizadores, doblones cuyo valor era de cuatro duros, o veinte pesetas, pero cuyo valor actual es enorme, debido a su antigüedad.

Y eran dos ladrones, amigos de lo ajeno. Sus nombres: Arturo Cabrera y Mariano Ozuna, de Sevilla, España. Estos metieron la mano en el acuario donde Alejandro Yolanda guardaba su colección de doblones. Con lo que no contaron fue con las pirañas que don Alejandro tenía también en el acuario.

Las pirañas atacaron al instante las manos ladronas. Cabrera perdió dos dedos de la mano, y Ozuna la palma por entero. Y los doblones, el tesoro que las pirañas protegían, siguieron en el fondo del acuario sin ser tocados.

Hay un refrán que dice: «Puerta abierta, al santo en ladrón convierte.» Estos dos rateros pensaron que era una oportunidad única alzarse una buena cantidad de doblones de oro. Pero no contaron con las pirañas. Y sus manos, aunque rápidas y expertas, en lugar de recoger monedas de oro, encontraron agudos dientes como de acero.

El antiguo refrán lo dice con tanta sabiduría: «En la falta está el castigo.» Y la Biblia lo refuerza en estos términos: «Al malvado lo atrapan sus malas obras; las cuerdas de su pecado lo aprisionan» (Proverbios 5:22). No siempre un delito que se comete recibe el castigo de inmediato, pero todo delito, en una forma u otra, y tarde o temprano, recibe siempre su castigo, y todo delincuente recibe siempre su paga.

Es que vivimos en un mundo moral, con leyes morales establecidas por un Dios eterno, santo y moral. Y la infracción de esas leyes morales siempre tendrá una justa paga. Si Dios no castigara cada delito humano, sería un Dios sin santidad e integridad. Y si Dios fuera amoral, indiferente a la rectitud del hombre, el universo entero habría perecido hace mucho tiempo. Pero Dios es santo y es justo. Por eso tiene normas morales.

Ahora bien, Dios también es amor. En el libro del profeta Ezequiel, Dios mismo dice: «Tan cierto como que yo vivo... que no me alegro con la muerte del malvado, sino con que se convierta de su mala conducta y viva» (Ezequiel 33:11). Para salvar al hombre caído, Dios envió a su Hijo Jesucristo a morir en la cruz en lugar del pecador. Rechazar a Cristo es rechazar la salvación eterna. En cambio, creer en Cristo es recibir la salvación por su gracia. Aceptemos a Cristo como nuestro Salvador. Él perdonará todas nuestras infracciones.

 

 

 

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