Acercándose los aparentes días favoritos de la mayoría de los ciudadanos de nuestro alegre país; son muchas las expectativas que hay en el aire. Desde el nerviosismo de las soberanas que irán sobre los coloridos carros alegóricos, hasta las ansias casi incontenibles de los que ven en esos cuatro días un escape de la fatídica rutina.
Pero también existen los que creen que dichas celebraciones son festividades paganas, que no deben darse en nuestra tierra; que es una adoración indirecta a un tal dios Momo, que como dios ajeno al único y verdadero, causa estragos sobre los que a sus fiestas acuden.
Pero ¿Qué tan de cierto puede haber en esto? ¿Realmente vamos a adorar indirectamente a un dios falso? A mi parecer no. Creo que lo único que hacemos es resumir en 4 días lo que ya es costumbre en nosotros; con la única diferencia que hay excusa para hacerlo en las calles y sin aparentes necesidades límites.
Son 4 días en los que el licor se desborda, justo como se hace en otras fiestas (no paganas); como cumpleaños de niños, Navidad, Año Nuevo, Día de Mártires, Día de la Madre, Día de los Muertos, 3, 10 y 28 de Noviembre y hasta Semana Santa.
Nuestra aparente cultura nacional es emborracharnos por cualquier excusa que logremos encontrar y si no encontramos una, igual lo haremos.
Los carnavales son 4 días que deberían ser una fiesta en donde se realce todas las costumbres y tradiciones que existen dentro de ellos; porque detrás de las imágenes de alcohol y desenfreno, hay una fiesta internacional, la cual hemos logrado transformar y amoldar a nuestra esencia típica. La hemos convertido en un festejo que es capaz de identificarnos como panameños... pero lastimosamente no es así.
No creo que vayamos a adorar a ningún dios Momo, ni que él sea el responsable por los terribles acontecimientos que ocurran durante esos días, creo que somos nosotros los que sembramos y cosechamos; y simplemente vamos a adorar a nuestra propia decadencia como personas.