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Jueves 2 de noviembre de 2000



Rueda de sospechosos en santiago de chile

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Hermano Pablo

Rogelio Pérez, obrero de una vulcanizadora en Santiago de Chile, creyó estar a cubierto de su delito. Había cometido uno de los delitos más antipáticos y repugnantes. Había violado a una muchacha en un parque.

Pero los policías actuaron rápidamente y detuvieron a Rogelio junto con varios otros sospechosos. Sin embargo, en la rueda de presos que le daba a la víctima la oportunidad de señalar al culpable, Rogelio estaba muy tranquilo. Cuando cometió su fechoría, llevaba puesta una máscara que le ocultaba el rostro. Sería imposible reconocerlo.

No obstante, la joven lo reconoció en el acto, no por el rostro sino por el olfato. Su asaltante tenía un olor inconfundible, que resultó ser prueba suficiente para procesarlo. De ahí que posteriormente purgara en la cárcel una larga condena.

Hay muchas maneras de identificar en este mundo al que ha cometido un delito. Muchas veces se usan las huellas de sus zapatos; otras veces, la colilla de su cigarrillo; y otras, una hebra de su cabello, una brizna de sus uñas o una pestaña de sus ojos.

Los detectives experimentados saben hallar la pista de un delincuente hasta por el aliento que ha dejado en el lugar del hecho. Tal parece que Dios no permite que los crímenes queden impunes, sino que ayuda al esclarecimiento de los delitos.

Esto del olor de aquel malhechor de Santiago de Chile nos recuerda las siguientes palabras del apóstol Pablo: «Sin embargo, gracias a Dios que en Cristo siempre nos lleva triunfantes y, por medio de nosotros, esparce por todas partes la fragancia de su conocimiento» (2 Corintios 2:14).

Rogelio Pérez despedía olor a caucho, y ese olor lo delató. Un hombre bueno y recto, un cristiano genuino y cabal, despedirá un olor cristiano, una fragrancia de justicia, honradez, bondad, decencia y hombría de bien. Según San Pablo, es la fragancia del conocimiento de Cristo.

Hay quienes despiden, con sus acciones, olor de azufre, olor infernal y diabólico. Hay quienes despiden olor de cielo, olor de Dios y de Cristo. Porque es posible llevar una vida nauseabunda o llevar una vida perfumada.

Cuando Cristo viene para llenar nuestra vida con su presencia, la cambia por completo. El mal y el pecado quedan relegados al pasado, y lo que nos depara el futuro es una vida nueva, más limpia, más pura, más recta. Para que Cristo llene nuestra vida con su presencia, basta con que le abramos la puerta de nuestro corazón. Hagámoslo hoy mismo.

 

 

 

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