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Martes 8 de febrero de 2000


MENSAJE
La impaciencia de Yolanda

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Hermano Pablo

Yolanda era una joven que había quedado huérfana cuando apenas tenía un día de nacida. Desde entonces había sido criada por un matrimonio rico. Cuando Yolanda tenía diez años de edad, el matrimonio se trasladó a América en busca de mayor fortuna, y la niña quedó al cuidado de tutores en Europa.

Desde América, el matrimonio le envió regularmente dinero para su manutención y sus estudios. Pasaron ocho años. Yolanda cumplía dieciocho y estaba próxima a graduarse. Era una joven feliz y despreocupada. En eso recibió una carta del señor que por tantos años había velado fielmente por ella.

En la carta le decía que en tal fecha llegaba a España, y que deseaba verla para hacer los arreglos definitivos para proveerle un futuro completamente libre de preocupaciones económicas. Pero en la misma fecha en que su protector iba a llegar, Yolanda tenía programada una semana de paseos con unas amistades que le interesaban mucho.

La joven estuvo largo tiempo vacilando. ¿Esperaría al señor que la ayudaba, perdiendo la semana de fiesta, o se iba de paseo confiando en que el señor llegara más tarde, o viniera en otra ocasión? Por fin, se decidió a salir.

El señor llegó, y grande fue su desilusión al no hallar a Yolanda. Le pareció que era una gran ofensa después de haber cuidado de ella paternalmente dieciocho años. Cuando Yolanda regresó a su casa tras la semana de fiesta con sus amigos, encontró sólo una lacónica nota: «Toda mi vida luché para mantenerte y educarte, y ahora que he venido a buscarte, no te hallo. ¿No podías esperarme ni una semana siquiera?»

Así perdió la joven su amistad y el apoyo económico que tanto necesitaba.

Así como aquel señor, Cristo también se fue y ha prometido volver. Cuando Él vuelva, será para hacer los arreglos definitivos a fin de que cada uno de sus seguidores tenga un feliz futuro asegurado por toda la eternidad. ¿Pero qué si, al venir, Él nos encuentra descuidados, metidos en nuestros negocios y placeres, sin estar esperándole? Más vale que eso no nos ocurra. Vivamos todos los días con Cristo en nuestro corazón.

 

 

 

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