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MENSAJE
La impaciencia
de Yolanda

Hermano Pablo
Yolanda era
una joven que había quedado huérfana cuando apenas
tenía un día de nacida. Desde entonces había
sido criada por un matrimonio rico. Cuando Yolanda tenía
diez años de edad, el matrimonio se trasladó a
América en busca de mayor fortuna, y la niña quedó
al cuidado de tutores en Europa.
Desde América, el matrimonio le envió regularmente
dinero para su manutención y sus estudios. Pasaron ocho
años. Yolanda cumplía dieciocho y estaba próxima
a graduarse. Era una joven feliz y despreocupada. En eso recibió
una carta del señor que por tantos años había
velado fielmente por ella.
En la carta le decía que en tal fecha llegaba a España,
y que deseaba verla para hacer los arreglos definitivos para
proveerle un futuro completamente libre de preocupaciones económicas.
Pero en la misma fecha en que su protector iba a llegar, Yolanda
tenía programada una semana de paseos con unas amistades
que le interesaban mucho.
La joven estuvo largo tiempo vacilando. ¿Esperaría
al señor que la ayudaba, perdiendo la semana de fiesta,
o se iba de paseo confiando en que el señor llegara más
tarde, o viniera en otra ocasión? Por fin, se decidió
a salir.
El señor llegó, y grande fue su desilusión
al no hallar a Yolanda. Le pareció que era una gran ofensa
después de haber cuidado de ella paternalmente dieciocho
años. Cuando Yolanda regresó a su casa tras la
semana de fiesta con sus amigos, encontró sólo
una lacónica nota: «Toda mi vida luché para
mantenerte y educarte, y ahora que he venido a buscarte, no te
hallo. ¿No podías esperarme ni una semana siquiera?»
Así perdió la joven su amistad y el apoyo económico
que tanto necesitaba.
Así como aquel señor, Cristo también
se fue y ha prometido volver. Cuando Él vuelva, será
para hacer los arreglos definitivos a fin de que cada uno de
sus seguidores tenga un feliz futuro asegurado por toda la eternidad.
¿Pero qué si, al venir, Él nos encuentra
descuidados, metidos en nuestros negocios y placeres, sin estar
esperándole? Más vale que eso no nos ocurra. Vivamos
todos los días con Cristo en nuestro corazón.
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