Los panameños admiramos la democracia estadounidense porque a pesar de las particularidades que tiene un país grande con una intensa relación con Panamá, siempre da ejemplos de como resolver los grandes temas internacionales y los asuntos de interés local.
Estados Unidos no escapa de asuntos como el narcotráfico, la guerra de pandillas, la corrupción, la inmigración ilegal y ahora del terrorismo.
Sin embargo, los norteamericanos en términos generales y los políticos en particular saben cuándo un asunto doméstico o exterior necesita del respaldo de todos los sectores porque está por encima de un gobierno, un presidente o un partido político.
En Panamá tenemos mucho que aprender de esta actitud donde se ponen por encima de los intereses partidistas, las ambiciones personales, las mezquindades mesiánicas y los apetitos por el poder los intereses relacionados con el bienestar general de la población.
Los panameños anhelan a una sociedad donde la vida sea más fácil.
Los aficionados a la protesta, que están en todos los niveles de la sociedad, se oponen a cualquier cambio, a las sugerencias positivas y a los proyectos o programas que tienen impacto en el futuro de la gente.
No quieren carreteras, cuestionan las reformas políticas, rechazan un sistema de salud único, se oponen a las reformas al Código Penal y le encuentran la quinta pata al gato si se subsidia la pobreza o se apuesta a un sistema de modernización del servicio pùblico de transporte que sea eficiente y económico.
Igual ocurre cuando pobladores que nunca protestaron en años cierran una calle para exigir un sistema de agua potable o una carretera en un barrio donde generalmente las demandas sociales son justificadas pero cargadas de un tinte político muy marcado.
El reto está en poner los asuntos nacionales por encima de los egoísmos y los cáculos políticos electores porque el pueblo merece más que retórica política, discursos electoreros y promesas irrealizables.