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Sábado 27 de enero de 2001



He aquí un salvador

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Hermano Pablo
California

La mañana era cálida y húmeda, pero agradable, en Buenos Aires, Argentina. Había llovido intensamente la noche anterior, y las veredas estaban llenas de charcos de agua. La señora Mercedes González de Favero llevaba a sus dos hijos, Roberto de doce años y María de ocho, hacia la escuela.

De pronto el golpe, el espanto, la impresión de la tragedia inminente: Roberto pisó un cable eléctrico caído. Los tres rodaron víctimas de la tremenda fuerza. La muerte amenazaba.

Pero providencialmente pasó por el lugar Pedro Pereira, joven vendedor de diarios. Y como la ocasión que a veces hace al ladrón a veces hace nacer al héroe, esta vez hizo que Pedro se convirtiera en salvador. Arriesgando su propia vida y haciendo uso de su bolsa de periódicos, Pedro apartó a Roberto del contacto con el cable. Así los tres pudieron salvar la vida.

He aquí un salvador oportuno. La señora de Favero y sus hijos ya estaban en las garras de la muerte. Pocos minutos más y la corriente eléctrica hubiera terminado su trabajo, y tres cadáveres carbonizados habrían quedado en la vereda.

Pero oportunamente surgió el héroe, el salvador. Exponiendo su propia vida, Pedro Pereira, con rara habilidad, pudo separar a esa familia del contacto mortal. Fue la mano de Dios, o la divina providencia, en acción. Pero allí estaba el salvador para salvar tres vidas de la muerte.

Así también hubo una vez un Gran Salvador, que vino oportunamente para salvarnos a todos del contacto mortal con el pecado. El pecado se parece un poco a la electricidad: su contacto paraliza, y va carcomiendo poco a poco hasta producir la muerte.

Y así como la persona que entra en contacto con un cable electrizado no puede librarse a sí misma, sobre todo si la corriente es fuerte, así el hombre en contacto con el pecado difícilmente puede librarse por sus propios medios.

Por eso, porque el hombre no podía librarse por sus propios medios de aquello que lo estaba matando, Dios envió a su Hijo Jesucristo a dar su vida por nosotros y a librarnos del poder mortal.

Cristo nos aísla del poder maligno del pecado y nos concede un poder superior, el poder del Espíritu Santo, para poder vivir en perpetua seguridad, justicia y fuerza moral.

 

 

 

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