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Lunes 22 de enero de 2001


EDITORIAL
Un pueblo sin médicos

Empezamos por advertir que generalizar no es la intención en este espacio. Sabemos de muchos doctores en medicina en Panamá que han dedicado su vida al servicio de sus pacientes, tengan o tengan ellos los medios para pagarles. Para estos galenos nuestra mayor consideración y halagos. ¡Ojalá todos fueran así!

Lastimosamente, la realidad es otra. El país tiene la facultad de medicina más renombrada de la región, que es motivo de orgullo para todos los panameños. Aunque no todos los panameños gozan del beneficio de tener un médico amigo, que les acompañe en la salud, y sobre todo en la enfermedad.

Médicos hay. Los que faltan son aquellos que acepten ejercer su profesión por vocación, por deseos de servir a una comunidad cada vez más pauperizada y sin oportunidades. Aunque pueda parecer iluso, hacen falta médicos que acepten dedicarse a las poblaciones rurales, a las indígenas, a la gente más pobre entre los pobres. Actualmente, si no hay dinero, y en grandes cantidades, los galenos no curan. Y si lo hacen, es a media marcha, sin interés total por los pacientes.

No sorprende el caso de una familia que durante 19 años atendió a sus hijos con un médico pediatra de la localidad. Este doctor atiende en la Caja de Seguro Social, donde se supone que debe prestar servicios por ocho horas. Pues un mediodía hace unas semanas, una de las hijas de esta familia sufrió un quebranto y se requirió la atención del médico, pero el señor no estaba en su puesto; se encontraba en su casa almorzando. Como respuesta, el galeno pidió a los parientes de la muchacha que la llevaran a la clínica privada donde él también tiene consultorio.

Esa es la constante en la gran mayoría de los casos. Pareciera que más importa el dinero, pero ¿y la salud del pueblo? ¿La salud de sus pacientes de toda la vida?

No estaría de más formar también las almas de los estudiantes de medicina, en esa facultad universitaria que tanto nos jactamos en mostrar como modelo para el mundo. Porque lo que está ocurriendo no tiene nombre. En los hospitales públicos no quieren trabajar todas las horas por las que cobran muy buenos salarios; en el Seguro Social, si se les pide trabajar un día en especial, se niegan, aunque sepan que van a perjudicar a cientos de miles asegurados; hacen lo que no deben para atender en sus clínicas privadas, a pacientes que pueden ver en centros públicos...

El país se queda sin médicos; galenos con vocación para curar.

Sin embargo, hay que ser justos: existe un puñado de médicos devotos de su profesión, quienes se desviven por dar lo mejor de sí a las familias panameñas, aun cuando no tengan el dinero para pagar sus servicios; en horas de la madrugada; en pueblo alejados; cuando sea y como sea. Esos son los médicos, los pocos, que nunca dicen no, y siempre están pendientes, como faro en la costa, aun en tiempos de tormenta, para iluminar las jornadas tormentosas de los panameños, como aquellas cuando los hijos o los abuelos se enferman.

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