OPINION


Dos travesías singulares

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Por Hermano Pablo
Reverendo

A los ocho años de su naufragio en la isla del Mal Hado, a Álvar Núñez Cabeza de Vaca lo trasladaron de Culiacán a Compostela para comparecer ante el virrey en México. Los jerarcas españoles habían querido convertir en esclavos a los indios que lo seguían, y usar el prestigio y la influencia de Cabeza de Vaca para pacificar a los pueblos indígenas de aquella región. Como él se les opuso enérgicamente, lo acusaron de hechicero. Pero eso no lo acobardó. Antes bien, allí en México Cabeza de Vaca siguió defendiendo la causa de los indios hasta su regreso a España diez años después de haber emprendido su aventura en América.

Todo había comenzado el 17 de junio de 1527, fecha en que partieron de Andalucía seiscientos hombres bajo el mando de Pánfilo de Narváez. De éstos, unos cuantos abandonaron la expedición; a muchos se los tragó la mar; otros murieron de hambre o de frío, y algunos más a manos de los indios; pero sólo cuatro -Cabeza de Vaca, que había sido el tesorero y alguacil de la expedición, y tres compañeros más- sobrevivieron la dura travesía a pie por el continente norteamericano desde la costa del Atlántico en la Florida hasta la del Pacífico en Sonora y Sinaloa. Si no hubiera sido por los indios y la providencia divina, no habrían podido soportar las privaciones a las que estuvieron expuestos. A Cabeza de Vaca lo creyeron médico, y él les correspondió resucitando a más de un muerto y sanando a muchos enfermos soplando en el lugar donde les dolía. A su paso los indios se agolpaban para que los tocara en la cabeza o en las manos, y los preservara así de sus enfermedades. Cobraron tanta fama aquellos milagreros españoles que las multitudes salían a recibirlos a la entrada de los pueblos y los despedían a la salida con danzas y festejos. Pero cuando llegaron a la región de Sinaloa, aparecieron las primeras huellas de sus coterráneos. Junto a ellas hallaron hebillas, clavos para herraduras, estacas para atar caballos, cultivos abandonados e indios que huían al monte por el miedo que les infundían los conquistadores.

Ya casi terminada la travesía de Jesucristo por la tierra de Israel, ¿no serían palabras como ésas las que pudieran haberle expresado sus discípulos -que eran hombres sencillos, como los indígenas de América- comparándolo con los jefes judíos?.

 

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