Con esta fiesta del bautismo de Jesús terminamos las celebraciones de la Navidad y Epifanía, en las cuales conmemoramos los acontecimientos del nacimiento y las primeras manifestaciones del Señor antes de iniciar su vida pública.
"¡Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto!"
El evangelio nos relata el acontecimiento que celebramos: la expectativa entre el pueblo acerca de la condición del Bautista, si no sería él el Mesías anhelado; la declaración solemne de Juan Bautista de que su bautismo de agua es apenas preparación de un bautismo superior, en Espíritu Santo y fuego, como el de los apóstoles en Pentecostés; y la escena misma, descrita muy brevemente, del bautismo de Jesús, humilde entre el pueblo, como uno más de los penitentes que acudían a Juan Bautista, aunque en Él no había pecado alguno. Su actitud de confiada oración, la efusión del Espíritu Santo sobre su persona y la declaración de la voz divina: "Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto".
Como Jesús también nosotros recibimos el Espíritu Santo el día de nuestro bautismo. Así quedamos consagrados como Él para anunciar al mundo la buena noticia, el evangelio del amor y de la paz de Dios. La Iglesia nos enseña a tomarnos en serio nuestra fe y a disponernos como Jesús a hacer presente en el mundo el reinado de Dios, su misericordiosa soberanía que prefiere a los pequeños, los pobres, los humildes, los proscritos de nuestra sociedad.
Fuente: Vida Pastoral No.117 - Sociedad de San Pablo